Albarina se fue a los Pinares de Mayarí

Albarina en Pinares de Mayarí

Cuando surgió la idea de aprovechar la visita a Mayarí (invitados por el Club de la Década Prodigiosa allí) para que, además, Albarina interactuara con niños de la serranía, pensé que los sorprendidos serían esos pequeños, hasta quienes tal vez nunca había llegado una muñeca de carne y huesos, que hace reír, cantar, jugar, declamar poesías, descubrir adivinanzas, soñar, emprender vuelo y regresar a la realidad…

Pero me equivoqué. Parcial o relativamente, me equivoqué: la sorprendida fue Reina Torres Pérez, directora de la Televisión Avileña, quien desde hace muchos años encarna el personaje infantil de Albarina, llevado luego al programa Colorisoñando, del mencionado telecentro, espacio solicitado por la Televisión Nacional para ponerlo al alcance de todos los niños cubanos, cada miércoles, a las 4:45 de la tarde por Cubavisión, desde enero hasta diciembre.

Y digo que me equivoqué porque ni Albarina ni yo imaginamos que aquellas niñas y niños de Pueblo Nuevo, en Pinares de Mayarí, pasarían, de forma tan rápida y desenvuelta, de espectadores en protagonistas de un espectáculo cuyo mayor mérito quizás estuvo en la espontaneidad con que llegó a esa alta comunidad montañesa.

Concentrados en la recién reparada y bella escuelita del poblado, los pequeños anfitriones agradecieron las ocurrencias de la Muñeca, mediante respuestas que denotaron el alto dominio de la historia y de otras asignaturas, gracias a la pasión de maestros que germinaron allí mismo, entre los casos de los mulos y el ruido de camiones que braman como toros salvajes trepando cuesta arriba.

Pareciera que la timidez murió hace siglos en ese paraje, o que nunca echó raíces en la misma rojiza tierra donde décadas atrás un grupo de guajiritos de la zona se batieron al duro en béisbol “contra” un improvisado equipo encabezado por el Comandante en Jefe Fidel Castro, en medio de una visita que han de recordar y venerar cuantas generaciones vengan por delante.

Muy bien lo conocen y lo saben —como si hubieran empuñado guantes y bates— las niñas y niños que ahora formaron rueda, saltaron en un solo pie, intentaron torcer la nariz y le suplicaron a Albarina que regresara otro buen día, para volver a jugar con ella y para plantarle en plena mejilla el beso que no pueden darle en tardes de miércoles, cuando actúa para ellos, mediante la pequeña pantalla del televisor que los bisabuelos de la montaña jamás imaginaron, ni pudieron ver, antes de aquel año (1959) que pasó a la historia de este país y que bien pudo llamarse Año de todos los niños, hasta la eternidad nacional.

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