El arte de modelar obsesiones

En sus tiempos de estudiante a Luis Enrique Milán Boza siempre lo increparon por el “defecto” de su simplicidad, por no parecer un artista, por no usar piercings o ropa raída. Por suerte, cerca siempre hubo alguien con la lucidez suficiente para aclarar “hay que parecerlo”.

Al tiempo, la tridimensionalidad de la arcilla cedió paso a los planos, los diseños y las herramientas de un arquitecto que pensaba como artista y no lograba desprenderse del todo de los vuelos conceptuales.

Su nombre no figuraba en ningún catálogo y su primera exposición era un sueño cuando Post-it 4, evento nacional dedicado a la promoción del arte contemporáneo, le concedió el primer lugar por la instalación Tarde para no creérselo, compendio de tres piezas que aluden a las culturas budista, grecolatina y afrocubana.

¿Cuánto de arquitecto tiene el artista o viceversa?
Todavía no ha llegado el punto en que ambos converjan en absoluta armonía. Hay momentos en que uno se introduce en la piel del otro y decide. A la hora de montar las obras, de analizar cómo pudieran dialogar con el espacio y de ajustar el diseño dicta el arquitecto. La técnica, el estilo y el concepto son del artista. Me nutro de sus herramientas y modos y, aunque sus límites se desdibujan, los trasgredo a gusto.

Se percibe cierta visión antropológica en Tarde para no creérselo…
Me siento influenciado por el trabajo realizado en Cuba en la década del 80’ del siglo pasado, volcado hacia el ser humano y la constante búsqueda y confirmación de identidades. Ese modo de mirar hacia nuestros orígenes y de entender la realidad desde el pasado me cautiva, por eso, estas piezas develan, de algún modo, a alguien que busca en qué creer.

Religiones, símbolos, iconografías, ¿profesas alguna creencia?
No tengo ninguna inclinación religiosa, aunque tampoco me creo un ateo absoluto. Trato de escudriñar el pasado a través de la creación para encontrar la verdad y, a partir de diversas fuentes, verificar un criterio. Prefiero disfrutar de la diversidad y apropiarme de ella para representar elementos humanos a través de los dioses o los dioses vistos desde diversos grupos culturales.
Entonces le obsesiona el tema…

Me interesa el mundo de las obsesiones, aun cuando no me considero un artista obsesionado. Me gusta descubrir las obsesiones de los otros, cómo aprender de ellas, cómo definen un camino y cómo nos pueden dejar vulnerables. Por eso, subvierto la imagen de Buda y Eleguá al mostrarlos consumidos por los caracoles y, en la tercera pieza utilizo los rizos de cabello. Están atrapados en su propia grandeza.

¿La subversión de íconos y una producción simbólica asociada a las religiones le ha generado conflictos?
Tarde para no creérselo capta el momento en que todas las piezas, tratando de reafirmar una identidad o de ser consecuentes con ella, terminan consumidas y absorbidas. Sin embargo, trato de ser muy respetuoso y de no agredir las creencias de nadie.

Durante la exposición en La Habana se me acercó una mujer practicante de la religión yoruba (yabó) para decirme que no le gustaba la imagen de Eleguá. Sin embargo, hizo una relectura de la instalación que la hizo cambiar de opinión porque establece un diálogo común entre todas las culturas, sin xenofobia o jerarquización.

Post-it ha permitido a los más jóvenes exhibir sus potencialidades, pero también se ha juzgado su inclinación desmedida a la comercialización

En el panorama visual actual si no estás consagrado o prometes, lograr posicionar o divulgar tu obra es muy difícil. Post-it ha insertado en los circuitos de exhibición y distribución a noveles creadores con talento. La confrontación de poéticas, estilos y soportes ha sido un mérito innegable. Este premio no me convierte en un mejor artista, es un referente que me alienta a continuar y me brinda oportunidades para crecer.

¿Cuándo disfrutaremos de su primera exposición?
Estoy pensándola con calma porque los espacios para exhibir siempre surgirán, lo que no puede faltar son las piezas, la motivación y el acabado perfecto. Lo primero es preparar un sitio de trabajo, aún hoy no lo tengo, conseguir los materiales y establecer una rutina que me permita crear sin contratiempos. Es importante lograr variedad, coherencia y fuerza, sino de qué exposición hablaríamos.

El premio da la oportunidad de realizarla, a lo largo de 2018, en una galería elegida por mí. Tengo varias ideas en mente, una de ellas es enriquecer Tarde para no creérselo, pues será más inclusiva en la medida que opere sobre otras culturas y religiones. Por lo pronto, pienso incluir la católica.

Luis Enrique habla de paciencia, mesura en el acabado de las formas, de la necesaria madurez de sus códigos expresivos, de la dificultad para conseguir los materiales, de lo difícil de transportar “vía Astro” cualquier escultura y de la temperatura precisa para hornear la pieza y, de paso, confiesa su convicción modelar obsesiones y retos.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *