Avalancha de títeres en Ciego de Ávila

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La VII edición del evento Títeres al Centro, desarrollada en Ciego de Ávila del 1ro al 5 de noviembre, constituyó otra oportunidad para disfrutar del teatro titiritero y de la confluencia de diversos modos de hacer.

Con antelación confirmaron su presencia los invitados nacionales, los grupos foráneos anunciaron su estancia a través de las redes sociales y se detallaron las propuestas que integrarían el futuro programa. Sin embargo, un golpe letal a los cronogramas y al empeño de Yosvany Abril y sus muchachos constituyó Irma.

El evento se “tambaleó” y, por razones obvias, terminaron por acortarse los presupuestos y la capacidad de la provincia para lidiar con la magnitud de la cita. El 1ro de noviembre arrancó y, aunque pudiera pensarse que la urbe permaneció ajena al embrujo del teatro, se corroboró, una vez más, que constituye una plaza fuerte para la difusión del arte titiritero y el goce del público, siempre entusiasmado con la técnica de hacer cobrar vida a estos seres inanimados y redescubrir su esencia “humana” en la amalgama de tela, relleno, papel y pintura que los conforma.

A cualquier imprevisto que le negara su venida al territorio se opusieron los grupos Uçaneller, de Turquía; Titerike, de Chile; y Teatíteres y TítereFue, de México, quienes trajeron a cuestas sus espectáculos y las presentaciones discurrieron con la misma frescura con que, meses atrás, se idealizaron.

El patico de feo, de Uçaneller, resultó un lujo sobre las tablas de la sala Abdala al recrear mediante sonidos onomatopéyicos una nueva versión de este cuento de Hans Christian Andersen, publicado en 1843. Una excelente melodía a fondo, la belleza del retablo, el rigor dramatúrgico de los artistas, y el agua y la nieve lanzada sobre el escenario aseguraron la excepcionalidad de la propuesta.

La exhibición de Valentín caza dragones, a manos de Titerike, mostró la versatilidad del actor Larry Malinarich, quien asumió varios personajes y la música de la puesta sin grandes deslices o caracteres desdibujados.

Fisgoneo, de Teatíteres, trató sobre las discapacidades y potenció la formación de hábitos de lectura, y Títerefue, con El castigo de Balam, acudió al imaginario popular de la nación azteca para hilvanar cuentos y tradiciones. Ambas, aunque sin grandes desaciertos, tampoco evidenciaron la solidez y la innovación del resto de las piezas.

Polichinela, anfitrión por excelencia, no perdió tiempo para regodearse en su repertorio con la exhibición de Un cuento saludable, El pícaro burlado, Cinco actores en busca de un cuento y Ruandy en una suerte de retroalimentación e intercambio cultural.

Faltó la Noche más larga de los títeres, entronizada como el momento de mayor algarabía del certamen, y la avalancha de muñecos y artistas en nuestros espacios públicos para trastrocar el ambiente. En su lugar, se sumó la visita a las zonas más afectadas por los vientos huracanados de Irma.

El confort de la sala Abdala y la Casa del Joven Creador se combinó con actuar a la intemperie en comunidades como Falla, Punta Alegre y Los Perros, en Chambas; Júcaro y La Carolina, en Venezuela; Bolivia y Florencia.

El público, cómplice o detractor, aplaudió y las lunetas llenas garantizaron un auditorio siempre agradecido que transmitió, puertas afuera, la contagiosa alegría. Nada quedó al azar, pues con las coordinaciones precisas niños de diferentes edades, casi siempre de escuelas cercanas, llegaron antes del arranque de cada función para extirpar posibles incertidumbres.

No solo los amantes del género quedaron complacidos, sino que se sumó público nuevo que desentrañó la hilaridad de los muñecos sobre el retablo y cómo los artistas les cedían manos, voz y pulmones en un acto pleno y casi humano.

Con Títeres al Centro las carteleras culturales se oxigenan y la ciudad respira agitada. Al guiñol Polichinela y su director, Yosvany Abril, solo nos queda darles las gracias por tanta entrega y esfuerzo.

 

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