Bendita tu lumbre, Martí

Hace 168 años nadie sospecharía el halo de misticismo y de valores polisémicos que cargaría, para siempre, el 28 de enero. Mucho menos podría imaginar Leonor que la luz del niño que acunaba en la casa de la calle Paula desbordaría aquel hogar, y sería tan múltiple y caudalosa como para alumbrar a un país por siglos enteros.

Mas, poco pudo andar aquella alma limpia en el anonimato universal. Con corta edad José Martí vestía su pensamiento de colores tan incandescentes que no había hombre o mujer capaz de ignorarlos. Hablo de sus virtudes, de su ideario convertido en acto y en gesto, de su elocuencia para dejarnos en blanco y negro tratados de moral y de convivencia tan útiles todavía.

Quizás lo más relevante de la vida de Pepe fue la naturalidad con la que convirtió sus 49 años en un paladín para toda la humanidad. No hubo premeditación en sus acciones para ganar méritos propios, como no hubo tampoco hechos que beneficiaran personalmente al hombre de poca tienda y mucha alma. El Apóstol vivió para legarle suspiros a otros.

Gabriela Mistral lo calificó como el “más puro de nuestra raza”, y así ha llegado, en textos y anécdotas, hasta nuestro tiempo. La pulcritud de su existencia ha sido capaz de anular, con el paso de los años, los matices propios de la vida terrenal. ¿Quién sería capaz de juzgarlo? ¿Qué ser osado querría recordar alguna mancha de su austera lucha?

Martí fue lumbre en vida, y esa llama no deja de avivarse ni siglo y medio después. Bendita sea su pluma, que nos permite redescubrirlo en cada lectura y nos sigue trazando caminos. Bendito sea el héroe, el padre, el cubano, el hombre de traje negro que todavía nos despeja tempestades.

 

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