El carisma congénito de un líder

Para la filosofía un discurso es un sistema de ideas que se puede construir  de  manera  social.  La antropología lo define  como  un  evento  de comunicación.

Para el historiador y filósofo Michel Foucault “un discurso es una creación de quien lo emite y que  surge  del contexto que lo rodea y de su propio interior”.

Es justamente en la figura de Fidel Castro donde estos conceptos se hilvanan  atemperados a los nuevos tiempos, a las renovadoras maneras de decir y de intercambiar con los interlocutores, con los pueblos.

Gabriel García Márquez, amigo y estudioso de la oratoria del líder cubano define así su retórica:

“Empieza siempre con voz casi inaudible, con un rumbo incierto, pero aprovecha cualquier destello para ir ganando terreno, palmo a palmo hasta que da una especie de zarpazo y se apodera de la audiencia. Es la inspiración, el estado de gracia irresistible y deslumbrante, que sólo niegan quienes no han tenido la gloria de vivirlo”.

Cierto es que en las más de 2 500 ocasiones en que se dirigió al pueblo cubano y de otras naciones, su genio convenció, cautivó y enalteció a las masas.

Pocas veces se le vio guiarse por documento alguno. Sus palabras brotaban de su intelecto con la facilidad con que un erudito alude sobre los más diversos temas. Dominaba un sinnúmero de cifras y datos con los que calzaba sus discursos, siempre profundos y analíticos.

Países como Chile lo escucharon analizar su economía, proponerle soluciones y estrategias para fomentar determinado sector, como en 1971 cuando disertó en estas tierras sobre su desarrollada industria del potasio.

Hasta latitudes como Bulgaria hizo llegar su magia, y allí también enamoró, sobre todo a la juventud, a la que dedicó impostergables lecciones sobre  su rol dentro de los movimientos revolucionarios y su incidencia en el desarrollo económico, político y social de una nación.

Estados Unidos también palpó la sabia del gigante. En fecha tan temprana como abril de 1959 la Universidad de Princeton lo acoge, y decide allí prescindir de un traductor para, decía, sentirse más cerca de los estudiantes al hablarles en su idioma. Fue precisamente en Nueva York donde pronuncia unos de sus discursos más reproducidos, en la Asamblea General de las Naciones Unidas: “Las bombas podrán matar a los hambrientos, a los enfermos, a los ignorantes, pero no pueden matar el hambre, las enfermedades, la ignorancia. No pueden tampoco matar la justa rebeldía de los pueblos y en el holocausto morirán también los ricos, que son los que más tienen que perder en este mundo”.

Muy pausado y sin titubeos recordamos siempre detrás del podio a nuestro Comandante, con los comentarios acertados, con las reflexiones precisas hasta el último de sus días. Así resumía sus cualidades el periodista Luis Báez: “es mesurado y oportuno. Escucharlo es algo así como sentarse en la última fila de una sala enorme y sentir que los ojos distantes del conferenciante miran directamente a los nuestros”.

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