Convivir en las redes sociales y no morir en el intento

En los tiempos que corren, uno de los espacios que a tan corta edad ya se erige como un reto a la convivencia son las redes sociales; de ahí que  resulte difícil existir allí y no morir en el intento.

    No es que atrás quedaran los  problemas de convivencia en la familia, en el centro laboral o los centros educativos; sino que se abren  nuevas áreas o esferas para el intercambio social, gracias al desarrollo de las tecnologías.

   Si en los lugares comunes  la convivencia hace maromas para mantener el equilibrio necesario, dígase entre la familia,  las parejas, los exponentes intergeneracionales, los amigos, colegas de profesión o labor;  entonces qué  diremos del ciberespacio  donde la inmediatez, la impersonalidad de los entes y los temas que se debaten en el tapete, requieren del estoicismo de quienes participan de esos ámbitos.

  Dentro de la red de redes no hay de todo un poco, sino de todo y mucho. Válganos el retruécano para resumir que en una interconexión tan global se pueden encontrar sujetos de disímiles personalidades y con ellas estamos conversando permanentemente a veces sin conocer su rostro, filiación, intereses, gustos.

    Basta con que se emita un criterio de cualquier índole, ya sea económico, cultural, o político, y casi todos los del grupo, seguidores de la red o lectores de un sitio digital comentan directamente, con un me gusta, o compartiendo aquello en lo que coinciden.

    Pero cuando no hay coincidencia de criterios, que son las más de las veces, entonces ocurre como si se destapara la caja de Pandora y todos los males afloran en planteamientos agresivos, querellantes, ofensivos, incluso denigrantes. Se arma como una batalla campal, y menos mal que cada contendiente está sentado a miles de kilómetros de distancia, de lo contrario se irían a los puños o a las armas hasta linchar al contrario.

   Un contrario que puede ser cualquier persona,  mujer u hombre, anciano o joven, y que por solo emitir un criterio sobre determinado asunto ya alguien lo ve como un rival.  Sin dudas es la guerra de las palabras. Y es la violencia digitalizada y globalizada  en esta aldea llamada universo.

   La situación resulta tal que desde plataformas personales se proyectan normas y reglas para convivir en la red de redes, a fin de buscar algún ordenamiento en estos tiempos de postmodernidad.

    Entre esas pautas se mencionan al agradecimiento, la empatía, el respeto, sonreír, compartir, escuchar, ser paciente, perseverar, autocriticarse y ser humilde.

    En publicaciones digitales de Venezuela se habla de ser educado en la red y no perder los modos, a la par reconocen que la cortesía no impide la defensa en esos espacios electrónicos.

    El Museo de la Palabra en España propone al vocablo oral o escrito “como una herramienta para la  convivencia entre culturas y religiones distintas y frente a toda violencia”  y da valor a la palabra como vínculo de la humanidad, es decir como herramienta a favor del entendimiento entre las distintas culturas y religiones.

   De ahí que el uso de la palabra en las redes sociales debe estar abocado a la unión de los grupos, basado en la hermandad y fraternidad y no fomentar el odio entre los seres humanos.

   ¿Acaso no tenemos suficientes guerras exterminadoras de multitudes humanas?, ¿acaso ya el cambio climático no nos está lacerando como para perder de una vez miles de personas en un deslave o en un tsunami?, ¿acaso no perdemos miles y miles de humanos en las travesías de migrantes que buscan escapar de los conflictos bélicos y del hambre?.

  Entonces por qué convertir la red de redes en otro campo de batalla, en un maremoto desolador, en un naufragio sin costa.

  Tratemos de convivir y no morir en el intento. De eso se trata para bien de todos y todas.

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