Cómo creer que no está (+Post)

Recibimos la noticia como se escuchan los acontecimientos más inverosímiles, los que no queremos creer. En aquella tarde densa, quejumbrosa, nos comunicábamos el suceso entre murmullos, porque de tan doloroso nadie se atrevía a decirlo en alta voz. Era cinco y también marzo.

Algunos pensamos que la ciencia sería suficiente para sanarle. Otros, a pesar de los pronósticos, confiaban en que la providencia divina confabularía para devolverle los suspiros. Todos creíamos que era demasiado pronto para prescindir de él, y que su grandeza terminaría por ahuyentar a la muerte.

Sin embrago a las 5 y 20 de la tarde, hora de Venezuela, Hugo Chávez no pudo escapar a la zancadilla que su salud le ponía. De lo que sí logró escabullirse el segundo libertador de la tierra bolivariana fue del olvido o de tener una existencia banal.

Que lo digan sus hijos: a los que les corre su misma sangre, a los que les sembró sus convicciones, a los que les trazó el sendero para ir a una escuela, un hospital, a los que les dio argumentos para defenderse, a los que les proporcionó panes e ideas para alimentar tanto el cuerpo como el espíritu, a los que les dio la vida.

Con tantas huellas es más que justificable la incredulidad de muchos ante lo bizantino de su muerte. Cómo creer que no está si todavía entona con su pueblo los cantos más alentadores, si todavía se gestan milagros en su nombre, si todavía se llenan plazas donde se multiplica su imagen, si incluso hoy, cinco años después, su gloria transgrede este lapso de ausencia física y nos convence de que sigue siendo el mejor amigo de los cubanos.

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