Cuando no hay opción

Foto: Alejandro García (tomada de Invasor)

Cuando las opciones recreativas son mínimas poco se puede hacer. Así, lo comprobaron cuatro amigos que, a las 10: 20 de la noche después de salir del teatro Principal, caminaron por el centro urbano de Ciego de Ávila hasta detenerse por un café, un trago o, al menos, por un motivo que demore el retorno a casa.

Desandan el bulevar y los sitios aledaños, esto es: bar del Solaris, sede de la Asociación Hermanos Saiz, patio de la Unión de Escritores y Artistas, el Rapi-Pizas, el Bohemio, y los bares y cafeterías estatales y privadas. Sin embargo, salvo El Piña Colada y quienes permanecían conectados a la wi-fi, solo había silencio y la basura que cobija la noche.

Como no se daban por vencidos y la celebración valía la pena terminaron, casi obligados, en el centro conocido como La Vicaria, donde las pocas mesas existentes, además de sucias y maltrechas, estaban llenas. En la tabilla de ofertas se leían varios tipos de café, mas solo había café exprés por lo que no fue difícil decidirse. Lo engulleron de pie y se largaron con más penas que glorias. Entonces, eran las 11: 00.

Aunque la escena pudiera parecer un chiste de los que se construyen bajo el leitmotiv de “sube el telón y baja el telón”, de lunes a viernes cualquier asomo de risa se transforma en ceño fruncido ante una ciudad que se consume en su propia lumbre.  

Poco (o nada) queda de la tradición gastronómica que antes nos distinguió y se ha convertido en hábito pagar más por la garantía de calidad ofrecida por el sector no estatal que por ella en sí misma. 

El Copelia, Doña Neli y Dinos-Pizza cierran sus puertas mucho antes de la media noche y el Parque de la Ciudad permanece quieto e inmenso mientras se le escapa la vitalidad de antaño, no solo por la reparación detenida luego del paso del huracán Irma, sino por la lejanía y la que lo ha relegado a un segundo plano.  

Por otra parte, los espacios privados no han florecido con la misma intensidad que en otros territorios, donde es fácil distinguir en las zonas más céntricas sitios de todo tipo, desde armónicos y estilizados hasta otros más hippies; situación incomprensible si se tiene en cuenta que más temprano que tarde el turismo de ciudad debe ser aquí un modo rentable de explotar la imagen Cuba, pues estamos tan a solo kilómetros de uno de los destinos más demandados del país.

Pasadas las 10: 00 de la noche cualquier disfrute incluye reguetón, bebidas alcohólicas o alejarse hasta los extremos de la urbe, donde, necesariamente, concurre de todo un poco. Quizás no sea esto siempre lo deseado, pero se impone.

Pensar largo y tendido cómo volcar parte de la agenda del fin de semana al resto de los días, lograr una programación cultural coherente y extender los horarios de los pocos establecimientos que perviven o, al menos, hacerlos cumplir a cabalidad son tareas pendientes.

Ya no se trata de cuestionar en qué emplea el tiempo libre cada quien, sino de un fenómeno primario: si no hay opciones y falta sistematicidad, no puede pretenderse que el público se identifique con ciertos espacios, propuestas o decida con claridad qué consume.

En los últimos seis años, según informa el sitio web de Cubadebate, se ha empleado el 4,1 por ciento de nuestro Producto Interno Bruto en la sostenibilidad de bienes y servicios culturales y en 2018 continua entre las prioridades.

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