Desmantelado el circo

El presidente norteamericano Donald Trump ha mostrado durante su primer año de gobierno que cederá a las presiones de los senadores Bob Menéndez y Marco Rubio, quienes bogan, además, por retraer las medidas encaminadas a normalizar las relaciones entre Cuba y Estados Unidos.

Para cumplir con las peticiones de Rubio y Menéndez el actual mandatario orquestó un plan que, a todas luces, era poco creíble para la opinión internacional y para los propios de la superpotencia. Acusar a Cuba de un ataque sónico contra los funcionarios de la embajada en La Habana fue tan bajo como bochornoso para un presidente que no deja de desacreditarse.

El informe donde el Gobierno presidido por Trump hace pública la denuncia estaba colmado de incongruencias. Allí, por ejemplo, constaba entre las personas afectadas el jefe de seguridad de la embajada estadounidense, quien al ser consultado por las autoridades cubanas ni siquiera se había enterado del suceso. Especialistas de diferentes ramas también hicieron notar que para producir ondas sonoras capaces de afectar la salud se necesitan equipos que por su tamaño no pasarían desapercibidos. A ello se suma la imposibilidad de que los supuestos ataques sónicos dañaran a un grupo selectivo de personas.

Luego de montar tal circo, Donald Trump, anunció el retiro de los diplomáticos norteamericanos y expulsó a gran parte de sus homólogos cubanos en la embajada en Washington, limitando así los trámites de visado entre ambos países.

Tras estas acciones las autoridades cubanas se mostraron dispuestas a colaborar con las investigaciones realizadas en la capital de la Isla y desmentir las infundadas pruebas que se escudriñaban en su contra.

Durante el tiempo que duraron dichas averiguaciones numerosas voces se sumaron para recalcar que los inverosímiles incidentes no tenían basamento lógico y mucho menos científico. Por ejemplo, Joseph Pomper, investigador del MIT (Instituto de Tecnología de Massachusetts por sus siglas en inglés) y experto en psicoacústica declaró a la agencia Associated Press (AP) que “daño cerebral y conmociones no es posible” y que “alguien habría tenido que sumergir la cabeza en una piscina repleta de poderosos transductores ultrasónicos”.

Luego de meses de investigaciones por parte de funcionarios de Estados Unidos con la colaboración siempre dispuesta del Gobierno cubano, el Buró Federal de Investigaciones (FBI) confirmó que no se encontraron pruebas de que ondas audibles infrasónicas o ultrasónicas fueran utilizados contra los diplomáticos estadounidenses.

 

Pese a estas sentencias el secretario de Estado, Rex Tillerson, alegó que “todavía no se maneja el regreso del personal estadounidense (a La Habana) porque estarían exponiéndolos intencionalmente al peligro”.

Con esta sentencia el Gobierno norteño reconoce, sin pretenderlo, que no se trató más que de una maniobra política para perjudicar a la nación caribeña. Lo que no percibe Trump es que tales hechos aíslan más a Estados Unidos que a la propia Cuba, como reconocería en el 2014 el exmandatario Barack Obama.

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