Desvelos y sobresaltos de un cardiólogo

 

El índice de mortalidad por infartos ha disminuido en la provincia hasta el 6 por ciento”, explicó Melo. Nohema Díaz .

Conservar la lucidez suficiente para evaluar y sugerir tratamientos después de 28 horas de trabajo es solo una de las tantas virtudes de Roberto Melo Sánchez, a quien la medicina le ha llegado como una pasión.

Entre 10 y 12 llamadas le interrumpen cada día la comida y hasta el año pasado, cuando el Ministerio de Salud Pública decidió reconocer sus méritos con la entrega de un carro, pedaleaba para ir y venir al Hospital Provincial Docente Antonio Luaces Iraola.

Será porque se logra construir con facilidad una imagen excepcional de alguien a quien sanar se le da con desenfado, que parece imposible imaginar al hombre real aquejado por cosas tan “ordinarias” como una cola, una guagua o alguna que otra carencia.

Puede regodearse en sus méritos infalibles, cumplir menos horas de guardia o haber elegido el país donde quería ejercer, pero, para suerte de todos, ha preferido quedarse aquí.

“Vivía en Baraguá y allá conocí a un médico que realizaba una labor tremenda al atender a los enfermos del batey y las comunidades cercanas en su tiempo libre, cuando no existía el Programa del Médico de la Familia. En el pueblo todos le tenían afecto y consideración. A partir de aquí comencé a pensar en una profesión a través de la cual pudiera ayudar a los demás.”

¿Por qué Cardiología?

—Estudié en La Habana y fueron tiempos buenos, aunque muy duros. Venía a la casa cada tres o cuatro meses, casi siempre llegaba en las madrugadas y tenía que esperar el amanecer para continuar el viaje.

Terminé la carrera en el Hospital Provincial Docente Manuel Ascunce Domenech, en la ciudad de Camagüey, en aquel entonces los internados se hacían verticales y lo solicité en Medicina Interna. Mi profesor guía fue el cardiólogo León Díaz, un paradigma en la Isla por sus resultados, gracias a él me entró el bichito. Lo considero un héroe en mi formación, una persona a la que le agradezco mucho.

Fue el primer cardiólogo con que contó la provincia, ¿qué significó empezar de cero?

La ausencia de este servicio en el territorio me obligó a vincularme a Terapia Intensiva, donde el trabajo polivalente me puso en contacto, no solo con las enfermedades del corazón, sino con otras patologías, lo cual completó mi formación. Luego llegaron otros especialistas y junto al equipo de Enfermería, que siempre ha gozado de mucho prestigio, fue fácil encontrar disposición para articular el proyecto.

“Primero creamos un Departamento, teníamos una consulta y realizábamos algunas pruebas de esfuerzo hasta que logramos crecer en número. Hoy la cobertura ha mejorado considerablemente y ha disminuido la letalidad por infarto. Aunque en la calle se diga ‘ocurren muchos infartos’, yo siempre respondo ‘sí pero ahora casi nadie se muere.”

Contribuyó a la creación de la Red Nacional de Cardiopediatría y del Centro Provincial de Implante de Marcapasos, ¿alegrías o aflicciones?

El primer proyecto comenzó en el año 1986 bajo la tutela de Fidel Castro, con el objetivo de establecer en cada provincia una persona encargada del diagnóstico y el traslado de pequeños en estado crítico, con solo horas o días de nacidos, hasta el Hospital Pediátrico William Soler. El segundo llegaría unos años después con la inauguración del Centro Provincial de Implante de Marcapasos, con lo que se evitó llevar pacientes hasta Camagüey.

En estas iniciativas invertimos años y esfuerzos, sin contar las complicaciones asociadas a la creación de la infraestructura logística necesaria, pero ha sido muy gratificante ayudar a construir y ver evolucionar un Servicio de Cardiología en el territorio, con méritos reconocidos a nivel nacional.
Sobresaltos…

Recuerdo con nitidez el primer viaje que realicé con un niño aquejado con una cardiopatía. Salimos en la madrugada, estaba nervioso y lo cargué para sentir que tenía todos los inconvenientes cubiertos. El camino parecía interminable y hasta orinado llegué a La Habana. Allá fue intervenido quirúrgicamente con éxito. Hoy lo veo en la calle y es un hombre hecho y derecho. Todavía me dice que soy su papá.

“Los viajes hasta Camagüey también eran estresantes. Desde las 3: 00 de la mañana comenzaban los preparativos y en más de una ocasión “padecíamos” de ambulancias rotas y de cuadros clínicos complicados durante el trayecto.”

Consultas, guardias de 24 horas, formación de nuevos especialistas…otra vez las guardias ¿queda tiempo?

Trabajo con la misma intensidad de cuando tenía 30 años, sobre todo, porque no encuentro como virarle la espalda a este hospital. Hago guardias como el primer día y no me gusta dejar casos pendientes.

“Pienso que no debemos entrar en contradicción con la vida que se ha elegido o nos ha tocado. Con el tiempo dejamos de ser parte solo de aquí para ser una ‘persona conocida’, por eso me paran en la calle, me piden recetas, llaman a todas horas a mi casa, imagínate que como con el teléfono sobre la mesa. Siempre trato de ayudar. El poco tiempo que queda lo dedico a la jardinería. He creado un espacio llamado La Jungla, donde tengo plantas de diversos tipos que me ayudan a olvidar la guardia más terrible en solo horas.”

Él cumplirá pronto 65 años, y sin ningún atisbo de egoísmo, confiesa que no ha pensado en el retiro. Mientras, su hoja de vida continúa sorteando la Medicina cubana con el éxito suficiente para “relatarnos” las dualidades de un hombre sencillo y talentoso, que ha domado sobresaltos y desvelos por la voluntad de hacer latir corazones, al ritmo de la inmensidad del suyo, que entre sístoles y diástoles, no ha dejado de apostar por la vida.

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