Editorial: San Isidro

Hay un grupo empeñado en lastimar a un país. Hay gente haciendo todo para que este año, marcado por las angustias de una pandemia mezclada con las mil vueltas de tuerca que ha experimentado el bloqueo, termine mal para Cuba. Es el modo que han encontrado para sacarse dos espinas en un acto: la desafiante resistencia cubana y la sonora derrota trumpista.

Bajo el paraguas del arte, del presunto vínculo de algunos de ellos con actividades intelectuales y artísticas, ese grupo lo ha intentado todo: enlodar la bandera, dañar el patrimonio, burlar la ley, provocar a las autoridades, violar normas y protocolos sanitarios, distraer a los que aportan, «hacer explotar la olla», como han llegado a escribir sus hinchas desde la otra orilla.

¿Con qué derecho puede alguien, que no tiene ninguna obra intelectual o artística o, incluso, si la tuviera, que no es el caso, ofender, escupir, herir de obra o de palabra el cuerpo o los sentimientos de la mayoría y aún así, pretender que se le reconozca o admita sus exigencias, aunque sean descabelladas e ilegales?

Las acciones del grupo, exhibidas por ellos mismos en las redes, tienen tanto carácter antisocial, de irrespeto y provocación como de banderas de las barras y las estrellas. ¿Y el arte? Por ninguna parte. Pero hay que hacer creer que sí lo hay. Por eso la convocatoria a la solidaridad del gremio, primero en las redes y luego en la calle, como manda el Manual de Gene Sharp sobre la guerra no convencional.

La puesta en escena del llamado MSI, con una demanda hoy y otra mañana y cada una más absurda que la anterior, tiene todas las señas de identidad de las maniobras que históricamente han desplegado los enemigos de la paz, la tranquilidad y la convivencia respetuosa.

Las demandas de los acantonados en una casa del barrio San Isidro de La Habana Vieja, en una farsa que no se puede creer -según los expertos nadie sobrevive a privación de agua por cinco días y mucho menos en el estado evidentemente saludable de Luis Manuel Otero Alcántara y otros, quienes dicen haber pasado siete días de ayuno total-, se caen por el peso de la mentira, el absurdo de las pretensiones y la maldad del propósito.

Exigir algo, conociendo de antemano la imposibilidad de que se conceda, es una provocación más, sino la central de este episodio. Se pretende mostrar al mundo un gobierno represor, que no escucha a sus ciudadanos.

Los vulgares y groseros epítetos y las amenazas, lanzados por Denis Solís contra el policía que llega para advertirle de las consecuencias de su ausencia a una citación a declarar sobre sus presuntos vínculos con terroristas basificados en La Florida, son muy elocuentes. Bajo el mandato del Trump, del que se declara entusiasta partidario, pero de cualquier otro gobierno y en cualquier otro país con duras leyes antiterroristas, otra sería la secuela de esta historia.

Más aún. En un país que lucha por sobrevivir al cerco económico en medio de una pandemia y, donde por demandas populares, se reforzaron medidas de control y se aplican multas de hasta 2 000 cup y más, para garantizar la disciplina indispensable a ese control, ¿en nombre de qué derechos, un recién llegado de México y Estados Unidos, donde cunden los contagios, se puede negar a cumplir las exigencias del protocolo sanitario?

No han faltado en las redes los entusiastas defensores de una equivalencia entre la actuación del Estado y quienes lo atacan con saña y después pretenden que se están defendiendo. La postmoderna equivalencia de todas las verdades aquí es derrotada por los hechos. De una provocación tras otra, de una transgresión tras otra, las “víctimas” de San Isidro han emergido vivos, sanos y salvos.

Además de la visible conducta antisocial de algunos de ellos, sus actitudes traslucen una certeza: en Cuba no se tortura, no se asesina, ni se desaparece a nadie desde 1959. Por eso enardece tanto y se recibe como otra provocación premeditada el llamado de algunos a que los quieren vivos. San Isidro no es el lugar de la sufrida Latinoamérica por donde sobrevoló y aun sobrevuela el Cóndor de la Transnacional del Crimen que Estados Unidos bendijo y que dejó más 30 000 desaparecidos en Argentina y cifras aun por calcularse en Chile, Uruguay, Brasil, Paraguay…

Quienes diseñaron la farsa de San Isidro se equivocaron de país, se equivocaron de historia y se equivocaron de cuerpos armados. Por supuesto, también se equivocaron al elegir a sus líderes para el eterno proyecto de destruir a la Revolución cubana. Los seleccionadores y los elegidos carecen de moral para sostener una pelea por el corazón de Cuba.

Tomado de Cubadebate

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