El amor de Yoel por su viñedo

Cuando Osvaldo Véliz Díaz, presidente de los agricultores pequeños en Florencia, Ciego de Ávila, le preguntó a un joven de 35 años hasta cuándo estaría multiplicando su laboreo, enseguida respondió: “Mientras tenga energía, juventud e interés”.
El diálogo fue con Yoel Morales San Gil, un campesino que vive en la finca Manaca Arriba, en un lomerío florenciano como a ocho kilómetros de la cabecera municipal, donde él y su familia “echaron raíces” labrando la tierra para cultivos varios, frutales y atendiendo a decenas de vacunos.
Jamás alguien le orientó que sembrara la vid, mucho menos le explicó acerca de ese cultivo exótico, pero hizo el esfuerzo, empezó con unas posturas y en poco tiempo llegó a más de tres mil matas en algo más de una hectárea, lo cual consideró como una aventura agrícola.
Siempre pensó que aunque el cultivo tenía características muy propias, debería aplicar la máxima de preparar bien la tierra, utilizar correctamente la humedad, plantar los esquejes más vigorosos y sanos, mantener limpia el área y fertilizarla con materia orgánica, en el tiempo adecuado.
Yoel lo sabía (o se lo imaginaba), pero comenzaron a aparecer nuevas palabras como esquejes, emparrado, espaldera, y poda de educación que, traducido al lenguaje del cultivador de uva, quiere decir estacas para sembrar, malla horizontal donde se propagan las ramas, hileras de postes, y la conducción o sistema de sostenimiento de la rama principal hasta donde se forma la enramada.
Si cumplía las orientaciones que les dieron algunos agrónomos, pensó que tendría éxitos; y por esa razón vio crecer su tesoro, que es lo mismo que decir viñedo, tal vez uno de los pocos guajiros dedicados a esta labranza fruticola con posturas de un amigo villaclareño.
Dice que cuando se levanta, lo primero que hace es caminar entre las matas de uvas, varias de ellas les han dado frutos aventureros y a medida que pasa el tiempo las plantaciones mejoran, sobre todo, entre los meses de mayo y julio, buen período para la cosecha.
No soy el primero en la provincia -dice- en incursionar en este cultivo, pues en otros lugares de Ciego de Ávila también hay agricultores amantes de este tipo de siembra, como en Morón y la Isla de Turiguanó, aunque en áreas más pequeñas que la mía.
Añade que otros debieran hacer lo mismo con la vid, un alimento que tendría demanda en el sector del turismo, en la elaboración de vinos artesanales y también para su venta en los Mercados Agropecuarios Estatales.
Yoel ya tiene la experiencia de que esta fruta puede cohabitar, asimismo, con otras no muy comunes que también cultiva, como mamey, pera y manzana, entre otras, que forman parte del patrimonio de la finca, con el apoyo de su papá Antonio Osiel Morales.
Cuanto documento sobre la uva cae en mis manos, lo estudio y lo guardo para aumentar conocimientos, pues un viñedo puede durar muchos años, aunque no sé cuántos en las condiciones tropicales de Cuba, afirma.
Refiere que los desechos de las frutas empleadas en la elaboración de vinos pueden utilizarse en la alimentación de los animales y en la fabricación de fertilizantes orgánicos, además de que esas hojas tienen propiedades medicinales y las ramas curan enfermedades de la piel y el fruto es refrescante y diurético.
Se considera un atrevido y también es un ganadero de pura cepa, que todos los meses entrega leche de vaca a la industria láctea y nunca olvida la fruticultura.

Por Julio Juan Leandro. ACN

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