El guajiro de La Candelaria

Todos los días Alexánder revisa la mercancía que sale de su minindustria, la mejor receta para el control de la calidad
Todos los días Alexánder revisa la mercancía que sale de su minindustria, la mejor receta para el control de la calidad

No sé si Alexander Ramírez Marrero tiene alma aventurera, pero emprender camino, cruzar montañas y ríos, y llegarse hasta la misma ciudad de Baracoa, a más de 500 kilómetros de su finca es, de por sí, un lance de atrevimiento.

Ni en los peores trances abandonó la idea de progreso, de construir la miniindustria La Candelaria para elaborar dulce de coco, única de su tipo en Ciego de Ávila, un territorio donde el cocotero abunda solo en los patios de las casas y en las riveras de algún río, que casi siempre muere antes de llegar al mar.

Desde que comenzó, hace más de tres años, no fueron pocos los tropiezos que afrontó: falta de transporte, resistencia a venderle el coco en la Primada de Cuba, altos precios de la materia prima (hasta 1.80 pesos por cada coco), alquiler de camiones…

“La idea me la dio Nelson Paz, antiguo director de la Empresa Agroindustrial Ceballos. La vi un poco descabellada al inicio, pero me agradan los retos y comencé con mucho trabajo. Hay gente por ahí que piensan, erróneamente, que nací en cuna de oro, pero alistar la miniindustria, que ya obtuvo la segunda corona que otorga el Grupo Nacional de la Agricultura Urbana y Suburbana, me costó trabajo, tanto que me empeñé, como se dice en buen cubano, con las mil vírgenes y me vi obligado a pedirle dinero a varios amigos. Afortunadamente, ya no tengo deudas, lo que tengo es ansia de trabajo.”

Lo dice antes del recorrido, porque “lo mejor de mi finca está allá atrás. Tengo en proyectos ponerla más bonita, pero lo primero es producir, porque de ahí sale lo demás”.

Con sapiencia guajira, asegura que todo seguirá cambiando y tiene que prepararse para el futuro, pues en Baracoa Matthew dejó los cocales como agujas tendidas en las faldas de las lomas.

“Eso me obligó a cambiar el rumbo y buscar el coco donde esté. Por esa razón estuve un tiempo sin hacer el dulce de coco, pero hace unos días volví, porque eso es lo que caracteriza a mi fabriquita. Ahora lo traigo de Caibarién, aunque la alternativa está en sembrarlo en la finca, donde tengo plantados 4 000 cocoteros en 27 hectáreas.”

Reconoce que en las tierras rojas de Ceballos ese cultivo no avanza como en otros lugares, ni tiene el mismo rendimiento, pero la esperanza se le rebosa porque, según dice, la vida útil de la planta se calcula en 50 años y puede rendir un fruto diario durante ese tiempo.

Ello le hace pensar que, aunque dispone de otras producciones — chirimoya, acerola, pitanga, guayaba cotorrera, melocotón, aguacate, mandarina, mamey— jamás abandonará el procesamiento del coco, incluso, con aspiraciones de cerrar el ciclo, pues a esa planta la llaman el árbol de los 100 usos y él todavía no llega ni a tres, en lo fundamental por falta de tecnología.

Así, ha intentado hacerse de un molino exprimidor, “a cualquier precio, aclara, pero no aparece. Eso me permitiría procesar la masa y extraerle el aceite, el agua; hacer horchata”.

Alexander afirma que el cocotero es la planta cultivable más extendida en el mundo, según la bibliografía consultada por él; es, además, el principal suministrador de grasa vegetal, componente muy solicitado en la industria de jabonería y perfumería, mientras que la masa resulta ideal para la fabricación de conservas y horchatas.

Lo sabe y por eso quiere cerrar el ciclo, “pero me falta el dichoso molino”, comenta con cierta dosis de pesadumbre.

“El trabajo con el coco es difícil; forma parte de una cadena que no puede permitirse eslabones flojos. Hay que trasladarlo, pelarlo, dejar la copra blanca, cocinarlo, envasarlo, sellarlo, someterlo al calor, enfriarlo, etiquetarlo y embalarlo.

“Y todo se hace de forma manual, con cuchillos. Con un motorcito de lavadoras inventamos el aparato para eliminar todas las impurezas, después lo lavamos varias veces, porque la producción de aquí sale certificada”.

La producción diaria de La Candelaria, perteneciente a la Cooperativa de Crédito y Servicios Patricio Sierralta, puede sobrepasar las 700 latas de 3,2 kilogramos, o 2 500 de 0,5 kg. En tiempo de proceso los trabajadores pueden ganar hasta 180.00 pesos en una jornada.

Sin dar muchos detalles, Alexánder, un guajiro de tiempos modernos: celular, automóvil, sombrero de paño, buen hogar en medio del monte, parece adivinar la pregunta: “Los ingresos nuestros son significativos porque producimos mucho, pero cuando saco las cuentas, lo que gano por cada lata son kilos, no llega ni a un peso”.

 

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