El oficio de preservar la historia

Observando la fachada de la casa, intacta en su puntal alto y su marquetería colonial, se adivina una de las cualidades que más dolores de cabeza y satisfacciones le han dado a Enrique Armando Figueiras: su pasión por conservar la historia y hacerla imperecedera, a pesar de estrecheces económicas y vaivenes.

Quizás por eso cuando el Museo Municipal de Florencia ha montado exposiciones itinerantes no ha disimulado su desasosiego para armar y desarmar salas, por las goteras que antaño amenazaban el patrimonio, o su incomodidad cuando le espetan: “a ti te pagan por cuidar estas cosas viejas.”

Dedicado a la museografía desde el año 1982, ha visto desfilar generación tras generación, y ha reinventado una y otra vez sus mañas para mantener la lozanía de objetos de valores excepcionales, aun cuando ni termómetros para medir la humedad, máquinas de fumigación, catálogos digitalizados o procedimientos que demandan una mínima intervención aligeran este empeño. Por suerte, acota que el alcohol de 90 grados no falta.

Entre un día y otro no hay grandes diferencias en el Museo. Llegar, ventilar el local, inspeccionar cada vitrina, practicar alguna acción de conservación si es necesaria, y esperar, pacientemente, por algún interesado en revisitar los exponentes allí atesorados. Un poco de dinamismo se le imprime a las jornadas cuando se logran visitas dirigidas en coordinación con los centros educacionales.

De la investigación, la protección y la conservación, prefiere esta última por ser la única que le permite obrar con sus manos una revitalización integral. Entonces, confiesa otra de sus debilidades: nadie puede tocar una pieza sin su presencia, no por egoísmo, sino porque la capacitación del personal de trabajo ha sido una de sus más grandes batallas; lograda a medias porque los ve irse por donde mismo vinieron cuando surge un mejor salario — lo cual es bastante común porque apenas se rebasa los 400 pesos— y frunce el ceño al predecir un futuro incierto para esta profesión, sin aparente relevo.

Se confiesa empecinado en hacerlo todo bien, o al menos, lo mejor que pueda, para cumplir con lo que su madre le inculcara de pequeño.

De las 4 105 piezas que componen el acervo de este Museo, Enrique domina cada entresijo, conoce como pocos los vestigios arquitectónicos del territorio, el lugar exacto de cada hecho histórico, las tradiciones, los orígenes fundacionales, la ubicación de cada monumento y hasta la existencia de un periódico denominado El Caribe por aquellos lares.

Avalan su hoja de vida el Premio Ornofay  y la distinción Joya de la Cultura Avileña; a los que se suma el Premio por la Obra de la toda la Vida, entregado recientemente por el Consejo Nacional de Patrimonio Cultural,

Sabe que él suyo no será el mejor oficio del mundo, mucho menos el más remunerado o comprendido, sin embargo, es el suyo y con eso le basta.

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