El Padre de la Revolución Cubana

Entrañable y protector. Así imagino que fue Carlos Manuel de Céspedes. Su forma de hacer y de decir, desde que irrumpió en la historia de la nación cubana, dan fe de ello. Y no solo por lo expresado cuando las tropas españolas pretendieron negociar la vida de su hijo Oscar, a cambio de la renuncia de sus ideales. Memorable la respuesta inmediata del hombre que había convocado y convencido a los cubanos dignos de que la independencia de la Patria era imprescindible y que todos, negros y blancos, tenían el deber de luchar por ella. Pero insisto, no es solo este hecho el que magnifica su actitud.

Su abnegación, desprendimiento y convicción de renuncia, siempre, por un bien mayor, lo reafirman. Aquel rico hacendado, graduado de abogado, sacrificó sus bienes a la independencia.

A doscientos años de su natalicio, resulta imprescindible la evocación. Su ideario ha trascendido hasta nuestros días y no es una frase hecha la expresada por el líder histórico, Comandante en Jefe Fidel Castro, al asegurar de que en Cuba ha existido una sola revolución, y es la iniciada por Carlos Manuel de Céspedes el 10 de octubre de 1868 y la que lleva adelante nuestro pueblo.

De Céspedes, como del buen padre, hemos heredado la disposición, la hidalguía. Esa herencia nos tiene que inspirar y servir de motor impulsor para enfrentar la hostilidad con que nos trata e intenta desestabilizarnos, un enemigo más poderoso que la metrópoli española a la que se enfrentó el precursor de la gesta libertaria de los Diez Años. Ese gobierno prepotente de Estados Unidos, que con su corte de lacayos, no dejan de articular planes para ver trunca la obra que comenzamos a edificar hace ya 150 años.

“No vale el paso del tiempo para apagar la llama de una vida encendida y luminosa como la del Padre de la Patria, Carlos Manuel de Céspedes, en el bicentenario de su natalicio”, tal y como expresó el Conservador de la Ciudad Héroe, Santiago de Cuba, donde descansan los restos mortales del hacedor de la independencia en esta isla, y tiene razón. Por todos los motivos que conocemos y por los que aún la historia develará algún día, somos responsables, los cubanos de hoy y de mañana, de mantener viva la llama permanente, del padre de la Revolución Cubana

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