Empeñar el alma

Rinde frutos el trabajo comunitario integrado en la comunidad de El Manguito, ubicada en el municipio de Ciro Redondo

Hace cinco años nadie apostaba por la pervivencia del proyecto sociocultural Olga Alonso, en la comunidad de El Manguito, en Ciro Redondo.

La incidencia del alcoholismo, el bajo índice de escolaridad, las familias disfuncionales y los embarazos precoces acentuaban las grietas de un entorno sociocultural complejo, que para redimirse, necesitaría algo más que diagnósticos multifactoriales, cambios de imagen ocasionales y estadísticas fortuitas.

La historia comienza cuando Balia Toledo León decidió involucrarse  en la vida de su localidad, desandar los trillos, sumar voluntades e iniciar una labor cultural y humana más grande que ella misma.

“Convencer a las personas, motivarlos y lograr que participaran en cada actividad fue muy difícil. Imagínate llegar a una casa y reclutar a la familia para una rueda de casino, para talleres artesanales o incitarlos a superarse en la Facultad Obrera-Campesina”.

Algunas puertas se cerraron frente a su cara y otros no la dejaron articular la primera palabra, pero continuó sin pereza o desgano hasta que se hizo noticia en aquellos predios el trabajo de una promotora cultural que no aceptaba negativas, que asumía como suyos los problemas de los demás y que regresaba a pie desde Pina si de disfrutar de un espectáculo u organizar una actividad se trataba.

En El Manguito se rescató un órgano oriental, instrumento rarísimo exhibido hoy en espacios museables del municipio; en los cursos de habilidades manuales adquirieron un nuevo oficio quienes permanecían sin vínculo laboral; una rueda de casino representó al territorio en el Festival Provincial de este baile; los niños se sumaron a pequeños grupos de teatro; se fundó el taller de repentismo Antonio Ramírez y la Universidad del Adulto Mayor graduó a nueve miembros.

La casa de Balia asumió el hálito de biblioteca y, a pesar de que el flujo de personas varía, el pequeño estante renueva invariablemente los títulos y se realizan miniferias todos los meses.

Para terminar de ajustar el mecanismo llegaron las guerrillas de instructores arte, quienes convivieron con los pobladores durante semanas en un ejercicio espiritual sano y sencillo, capaz de convocar y entusiasmar hasta el más apático.

Entonces, ya nada volvería a ser igual y el trabajo consolidado en los últimos años lo confirma. Aunque no estemos seguros del todo de que allí haya obrado un “milagro cultural”, que el cambio sea radical o la satisfacción inequívoca, nadie duda que del empeño pueden brotar grandes resultados.

 

 

 

 

 

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