En la jungla urbana se oye de todo, y no es agradable

 

El tema del ruido y su impacto en la salud de las personas vuelve a llenar renglones, y  mientras siga en terreno de nadie lo menos indicado es hacer oídos sordos ante la desfachatez de algunos y la irresponsabilidad de otros; sería este uno de los pocos casos en los que gritar estaría justificado: quizás así alguien oiga y se tomen cartas en el asunto.

Al ya llevado y traído tópico de los DJ\’s callejeros, dictadores de algo mal nombrado como “música”, se suma en la vorágine de la jungla en que se convierten las ciudades, e incluso algunos pueblos de interior, los estruendosos cláxones de algunos vehículos, presionados con insistencia por los conductores como para que nadie ignore que están ahí.

Una amiga trovadora se quejaba, a modo de comentario, sobre esta situación y argüía su temor, real por cierto, de sufrir una afectación en el oído resultado del a veces exagerado pito de los carros; un desenlace fatal para cualquier individuo, trágico para los músicos.

Se define como claxon a aquel instrumento eléctrico empleado como avisador sonoro en automóviles u otros vehículos motores, necesario para la comunicación vial; sin embargo hay ocasiones en que la necesidad no lo es tal y se violan los límites de lo permitido, no solo por las leyes, sino también por las normas de convivencia entre seres humanos.

Rezaba una máxima que los cláxones conforman una peculiar sinfonía urbana, pero, ¿qué pasa cuando la sinfonía se troca en tortura, látigo que hostiga, filosa navaja que hiere? ¿qué pasa cuando el urbanismo se torna ley de la selva, sálvese quien pueda? ¿qué les pasa a los que provocan que esto pase?

Si las respuestas se quedan en la nada, algo debe andar mal por estos lares; si no se le pone freno a la indisciplina, la convivencia se rompe y lo que viene después no es más que caos.

Para el oído humano el sonido se vuelve dañino a los 75 decibeles y resulta doloroso, con riesgo de sordera a los 120, precisamente la cantidad que generan una taladradora, un concierto de rock o los pitos de los carros.

Si a esto le suma que nada de lo anterior se manifiesta solo en la vía, todo lo contrario, viene a unirse al conjunto de ruidos generados por otras circunstancias, la primera conclusión es que en la calle por la que camina, se atenta contra su seguridad auditiva.

Vale recordar que el uso del claxon resulta justificado cuando se emplea para evitar accidentes o para llamar la atención sobre aquel peatón o vehículo a punto de cometer una infracción; léase bien, porque dice uso no abuso.

Tal panorama constituye motivo de sanción para los conductores en varias naciones del orbe y amén de analizar cada situación y no caer en los extremos, sería prudente que alguna medida se tomara en las vías de la Mayor de las Antillas, aunque fuera solo para hacer más agradable su andar obligatorio por ellas.

Una simple sugerencia, que algunos esperan que se tome en cuenta.

 

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