Entre la inocencia y la inconsciencia

Me lo habían contado, pero la realidad superó toda idea conformada alrededor de la historia de que un grupo de adolescentes del municipio de Ciego de Ávila escalan, cada tarde, el mirador llamado “La estrella” ubicado en el Parque de la Ciudad de esta central provincia cubana.
Al verlos un frío latigazo recorrió mi columna vertebral y los deseos incontenibles de darles un halón de orejas, una vez que pusieran los pies sobre la tierra, se apoderó de mi ser; más contuve la respiración y aguardé el momento de poder tenerlos ante mí como sucedió de inmediato cuando se percataron del celular que les grababa.
“¿Oiga eso es para facebook?” Gritaban mientras se empeñaban en sincronizar los movimientos para echar a andar la mole de hierro con tan sólo la fuerza de sus pies deslizándose de cuerda en cuerda con la intrepidez propia de la edad.
El grupo no pasaba de diez integrantes. Alborozados por aparecer en las redes sociales inquerían acerca de la fecha y sitio por donde saldrían en la nota que prometí hacerles para hablar acerca de la inconsciencia, el peligro que corren y la falta de seguimiento que le dan algunos padres a sus hijos durante los horarios de juego.
Ellos parecían no entender las palabras con que les hablaba. Quizás porque en sus cabezas, se imaginaban famosos tras ser publicados en la red de redes con sus acrobacias sinónimo de intrepidez.
Ante la pregunta sobre ¿Por qué lo hacen? la respuesta saltó a coro: ¡Somos temerarios!
Y lo expresaban con rostros sonrientes, henchidos de placer.
¿Desde cuándo y cómo se transforma el pensamiento de nuestros adolescentes y niños en seres temerarios? ¿Qué participación está teniendo la familia en la conformación de esta conducta social?
Muchas son las preguntas que saltan a la mente cuando se está ante una situación como esta que cada tarde se visualiza en el área infantil del parque de la ciudad “La Turbina” de Ciego de Ávila donde niños ponen en riesgo sus vidas. En ocasiones pienso que son los productos audiovisuales de deporte extremo quienes provocan en los infantes las ansias de “disfrutar” del peligro y los excesos de adrenalina. Pero no. La concluisón sería vanal si sólo se quedara en esta pequeña porción de un gráfico en forma de pastel cuando hay tantos factores interviniendo en el problema. Algunos se quedan entre las paredes del hogar y otros son tan amplios y diversos como la sociedad misma donde se interactúa desde que salimos de la casa para ir hacia la escuela.
El control de los hijos tiene que ser permanente, aún cuando nos imaginemos que están correctamente sentados en el aula recibiendo un contenido que le aportará para desempeños futuros. Nada puede dejarse a lo sobre entendido porque las estadísticas cubanas son claras cuando expresan que, por motivo de accidentes, han muerto 233 niños y adolescentes (10-19 años) entre 2015 y 2016 según reporta el Anuario Estadístico de Salud. Los datos de 2017 aún no se encuentran publicados.
Lo significativo de las cifras no está en el número sino en el dolor que cada una de ellas deja en los hogares cubanos. Una vida trunca. Un hombre o una mujer que no llegaron ser, por negligencia de los padres que no dedicaron tiempo a supervisar el actuar de sus hijos, la dejadez de la empresa de Comunales de Ciego de Ávila encargada de custodiar los bienes existentes en el parque infantil y que brilla por su ausencia, en fin, de tantos que hoy propician que la inocencia y la inconsciencia anden de la mano.
