Finlay: camino a la eternidad

A los 47 años Carlos Juan Finlay y Barrés había pasado tanto tiempo entre libros, vectores y experimentos que pudo colarse (no de un tirón) en la historia universal. Tal hazaña le costó sudor espeso. Por eso, en la mañana lluviosa del 13 de agosto de 1881 el médico cubano caminaba las calles habaneras con el credo en los labios, el pensamiento alborotado cual torbellino de genuinas ideas, y las manos sobradas de documentos. Iba el hombre a su encuentro con la posteridad.

Contaron los que estuvieron ese día en la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, que el médico Finlay, con pronunciación pausada, dio lectura a su trabajo, titulado «El mosquito hipotéticamente considerado como agente de transmisión de la Fiebre Amarilla». De esa fecha en adelante el nombre del científico cubano no quedó nunca más en el anonimato.

Dicen que comenzó a sospechar de la responsabilidad de la hembra del mosquito Aedes Aegypti en la propagación de tan mortal enfermedad, un día en el que le molestó sobremanera el zumbido del insecto. Sus estudios son considerados el capítulo más brillante de la patología tropical y la medicina preventiva.

Sucede que la fiebre amarilla estuvo presente en Cuba por más de 280 años. Tres siglos en los que los brotes epidémicos causaron la muerte a millares de personas. En el mundo, su expansión era igualmente notoria y devastadora, el temido vómito negro (como se le conocía en aquellas épocas) dejaba a su paso oleadas de enfermos.

Aunque no fue hasta 20 años después que internacionalmente se le reconoció la autoría de este hallazgo a Carlos J Finlay, no detuvo la elaboración de documentos, leyes, órdenes y circulares, gracias a las cuales, en Cuba, se comenzaron a implementar medidas de saneamiento y eliminación del vector desde etapas muy tempranas. A él le debemos la práctica gratis de la vacunación y la aprobación de una circular con instrucciones para la brigada de fumigación y petrolización.

Finlay estuvo nominado siete veces al Premio Nobel. Y aunque quizás aquel 14 de agosto sus pasos no tenían la certeza de cuánta graneza arroparían, llevaban al hombre, inevitablemente, camino a la eternidad.

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