Frank es nuestro país

Puedo imaginar el dolor punzante, casi tan mortal como la propia muerte, que padeció Doña Rosario cuando a ella llegó la noticia. Apenas un mes había transcurrido del vil asesinato de su Josué cándido y puro, el menor de sus hijos, y la jauría batistiana le arrebataba al maternal seno y a las entrañas de la Patria, a un Frank eterno.

Ambos juraron lealtad y su entrega a la lucha por la liberación total de la nación, fue tomada con devoción, como si también fuera un principio de aquella iglesia bautista cuyo culto profesaba la familia. Tal vez Rosario se sintió desamparada por Dios, y al mismo tiempo bendecida: sus retoños germinarían en la memoria de todo un pueblo.

Para el propio Frank, la muerte de su inolvidable hermano, constituyó otra razón para no detenerse y continuar brindando a la lucha todo su ímpetu, su fuerza, su inteligencia. El joven que cautivaba por su jamás perdido don de la pedagogía, por la sensibilidad para la música y las letras, pero también por su arrojo, temeridad y audacia, aparece ante mí justo con aquellos 22 años que amanecían como sol libertario, al cabo de seis décadas de ausencia incierta.

Fue el Jefe de Acción y Sabotaje y miembro de la Dirección Nacional del Movimiento 26 de Julio, el artífice de un alzamiento que se hubiera abrazado a un histórico desembarco aquel 30 de noviembre de 1956. Fue el hombre en quien Fidel confió y cuya muerte lamentó, como es posible lamentar la pérdida de un ser muy querido y admirado.

 “¡Qué bárbaros!- escribía desde la Sierra Maestra el líder ante la terrible noticia- , lo cazaron en la calle cobardemente valiéndose de las ventajas de que disfrutan para perseguir a un luchador clandestino. ¡Qué monstruos! No saben la inteligencia, el carácter, la integridad, que han asesinado. No sospecha siquiera el pueblo de Cuba quién era Frank País; lo que había en él de grande y prometedor”.

No quiero evocar aquellas escenas del crimen. En mí se mezclan la rabia y el desprecio. Náuseas me provoca el violinista, maniquí o pelele, que endulzó con las notas arrancadas a su instrumento, los oídos de Trump, el pasado 16 de junio, cuando para alimentar a una jauría similar a la que arrancara la vida a dos de los hijos de Doña Rosario y otros tantos cubanos, dejaba clara su política contra Cuba. Resulta que el músico mercenario es hijo de Bonifacio Haza Grasso, jefe de policía en Santiago de Cuba y esbirro que dirigió el intenso operativo que concluyó el 30 de julio de 1957 en el Callejón del Muro con el brutal asesinato de Frank País y Raúl Pujol.

El penúltimo día del séptimo mes encierra en sí el homenaje de las presentes y futuras generaciones a todos los que entregaron su vida por hacer realidad la Revolución triunfante. Rendimos entonces homenaje a Frank y es que él no ha dejado de ser el David que venció a Goliat. Y es que Frank es Cuba.

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