José Aurelio, el fabricante de ilusiones

 

Foto: Osvaldo Gutiérrez Gómez

El reciente ganador del Premio Nacional de Periodismo José Martí por la obra de la vida opina que la universalidad está en hacer trascender lo que sucede en la más mínima y remota geografía. Entre incontables premios y reconocimientos, el periodista cuenta, además, con el Premio Cultural José Fernández de Castro y la Distinción Hijo Ilustre de la ciudad de Ciego de Ávila.

Así lo describí, muchos años atrás, cuando obtenía su primer Premio Anual de periodismo Juan Gualberto Gómez, de los cuales posee varios también. Del ayer al hoy, poco ha cambiado en este fotorreportero sesentón, de ojos saltones y cejas despobladas. Prefiero la retrospectiva en presente para, ¡si todavía hoy!, alguien desconoce a José Aurelio Paz Jiménez.

Teclea y teclea sin parar. Cuando se equivoca, medita, muerde los espejuelos, mira hacia arriba, manda a hacer silencio, pelea y… ¡rassss!, de un tirón saca la cuartilla de la máquina Robotrón, la echa el cesto. Pone otra. Repite el rito una, dos, tres, cuatro… infinidad de veces.

Rodeado de papeles estrujados se levanta con la rapidez de un rayo y entrega el trabajo. Desaparece, siempre arrastrando los pies y con el bolso negro colgado en el hombro.

Ahora, jubilado ya, tampoco descansa, solo que escribe desde su casa y desde una laptop, aunque manifiesta, socarronamente, que ha perdido un poco la magia por no escuchar el chachareo mecánico de las teclas, ni tiene frente a él esa cárcel de palabras que era la cuartilla de papel en blanco.

Lo que permanece es la marca que definió un estilo poético dentro del periodismo, una crítica sutil, pero mordaz, en que unos lo quieren y otros lo aborrecen; incluso, un escritor llegó a bautizarlo con un mote con el que ya se muere: José Aurelio Paz «con nadie», porque siempre el oficio de la palabra, defendido con él, lleva colgado un sutil hilillo de pólvora que a la más mínima lectura se enciende.

—¿Naciste o te hiciste periodista?

—Para cualquier oficio humano uno nace y, después, se hace. De lo contrario, la vida te demuestra luego que eres una mala copia o una copia falsa de pianista, carpintero, periodista…

«Y te digo que uno nace con una vocación secreta que, con los años, descubres. De niño estaba seguro que sería médico y a estas alturas tendría un cementerio particular. Pero la vida te lleva por secretos caminos hasta donde ella quiere y allí plantas tu carpa.

«Con la adolescencia me asaltó el arte. Era el activista cultural de mi CDR allá, por los años ’60, tiempos en que la cultura, verdaderamente, la hacían las masas y sin mucho asesoramiento que digamos.

«Después vino el Servicio Militar. En la zafra del ’70 comencé a escribir canciones, como manera de salvar mi espíritu de aquella dura experiencia, por los caminos polvorientos o en las interminables madrugadas, mientras computaba la caña que cortaba mi batallón. Cuando lo terminé, tenía solo tres opciones: agricultura, construcción o un técnico medio en Organización y Normación del Trabajo. Opté por la tercera y, poco a poco, me enamoré de una profesión que creí importantísima para la sociedad: organizar el lugar del trabajador para que fuera más productivo.

«Con el tiempo la vida me enseñó la dimensión exacta entre teoría y práctica, entre el ideal y la realidad y me desenamoré. En los organismos donde trabajé no existían las condiciones materiales para aplicar lo estudiado y me convertí en un rumiante de números y modelos.

«Así, dado mi perfil laboral, matriculé Veterinaria y creí que, en alguna medida, cumpliría mi vocación de médico, aunque fuera de animales. Momentos antes de hacer las primeras pruebas del semestre me hice un análisis de conciencia y llegué a la conclusión de que sería un pésimo profesional. Regresé a casa sin hacerlas. Pensaron que estaba loco. Pero la cordura me trajo a donde llegué.

«Por aquellos tiempos estaban de moda los Talleres Literarios —muy del realismo socialista ese nombre para designar lo que pretendía ser una fábrica de poetas y narradores, como si los versos y las palabras fueran tuercas— y, luego de ganar un premio nacional en música infanil, comencé a escribir. Después, yo mismo, me vi involucrado en aquello que tenía que ver más conmigo y comencé a trabajar como asesor literario. De esa etapa guardo, con mucho cariño, las experiencias que aprendí de los niños, la mejor escuela, y de la humildad de los grandes de las letras como Raúl Ferrer, Dora Alonso o el Indio Naborí.

«Ahí comenzó el contagio del ´virus´; el gusto por la prensa escrita como strip-tease del pensamiento; aprendí a valorar el poder de una metáfora e, irremediablemente, me hice filólogo. Mi estilo periodístico le debe mucho a esta etapa de mi vida».

—¿Y por qué no escritor?

—Caíste en la trampa de otros muchos. Por hacer periodismo yo no dejo de considerarme un escritor, un escritor signado por la necesidad de comunicar la noticia y la premura del cierre, pero un escritor. Si uno pone vida y corazón a un artículo, si es capaz de fabular sin llegar a extraviar la verdad periodística, si logras conmover al lector y mejoras las fibras de su espíritu, entonces la más sencilla crónica puede llegar a ser una obra de arte.

—¿Cuál fue tu primer contacto electrizante con esta profesión?

—La crítica a una cancioncilla de moda, allá por los ’80, que, bajo la aparente simpatía de un título muy criollo, La Cantaleta, era el típico culto al más acendrado machismo latino. Después de este primer comentario nunca más me pude contener de hacer periodismo.

—¿Crees en la objetividad periodística?

—La objetividad periodística es como el agujero en la capa de ozono: todo el mundo habla de él, pero los humildes no lo hemos visto.

«Yo me considero un pésimo reportero por la gelidez que implica defender una supuesta objetividad y porque —tal vez ‘deformado’ por mi vocación literaria— busco siempre la poesía de la noticia, ese lirismo de lo cotidiano que logra humanizar el hecho en sí; y ello, según los ‘doctores de ley’ de la información, es fatal.

—¿El hecho de ser religioso ha sido un obstáculo para el ejercicio del oficio?

—Yo no soy religioso.

—¡Ah!, ¿no?

—Yo soy creyente, que es algo bien distinto. Religioso es el que hace de su vida un dogma. Creyente, el que verifica su fe en dios en cada acto cotidiano que defiende al ser humano de las desigualdades y que toma parte en la construcción de la justicia social, lo que llamamos algunos la construcción del Reino de Dios aquí en la Tierra. Por eso no escondí mi fe ni en los momentos más difíciles de confrontación entre las iglesias y el Estado cubano, ya superados. Yo trato de estar en el bando de los que aman y construyen.

«El hecho de profesar una creencia religiosa ha sido, para algunos revolucionarios, motivo de desconfianza; como también para algunos religiosos —aquí sí empleo el término en su exacta connotación— al defender, desde ambas perspectivas, el proyecto social que aquí se construye. Sin embargo, de ambas partes siempre he tenido personas que han creído en la transparencia de mi vocación y, en momentos difíciles, me han sostenido en la lucha contra quienes pretenden minimizarte y creen que el llamado a la unidad del pueblo cubano es solo un slogan coyuntural y no una realidad irreversible.

—¿Cómo has conseguido desde un periódico de provincia tantos y tantos reconocimientos hasta llegar a la máxima distinción periodística?

—No siendo provinciano. La universalidad —y eso no lo digo yo, lo han dicho importantes figuras del arte y la literatura— está en hacer trascender lo local, porque las historias que aquí nacen son la génesis de los grandes temas.

«El problema está en que alguna prensa de provincia a veces se ‘amanera’ porque respira desde la piel de ese localismo chato y triunfalista que tanto gusta a algunos funcionarios, el cual se debate en la repetición de fórmulas trasnochadas de la comunicación social, en el acriticismo ultrajante, en la falta de imaginación; en el riesgo de destapar verdades, pero, sobre todo, en la ausencia de ese calor humano que hace creíble cada línea escrita».

—Me gustaría, ahora, ir a un ‘tope’, cuerpo a cuerpo

—¡Presento pelea!

—¿Ética?

—Una actitud a defender hasta con los dientes y que, en ocasiones, dejamos podrir como fruta en el suelo.

—Honestidad.

—La vez que, sin tener qué comer en casa, jugando me encontré una piedra preciosa y mi madre anduvo conmigo todo el barrio donde nací, hasta encontrar a la persona que la había extraviado. Era del anillo regalado por su esposo, ya muerto, a una humilde costurera. Luego de agradecer el gesto infinitamente me premió con unas hermosas camisitas.

—Autosuficiencia.

—El vértigo de creerte Dios cuando, en realidad, eres ese grano de maíz del que Martí habla. Algo de lo que nadie se ha salvado en algún momento de su vida.

—Imaginación.

—Algo esencial, como la inocencia, que una vez perdida jamás se recupera. Sucede como con las neuronas.

—Envidia.

—La madre natural de la mediocridad y de todos los males.

—¿Daltonismo?

—Pregúntale al jefe en el Servicio Militar que me puso un reporte por pintar de lila las franjas de la Bandera y descubrir que la luz del semáforo era verde y no blanca como creía.

—Tú mayor defecto.

—La pasión que no he logrado domeñar y a veces me desboca como a un potro.

—Tú mejor virtud.

—Esa misma. La pasión que pongo en lo que hago.

—El mayor elogio.

—Que me lean. La abuelita que una vez dijo que, después de Núñez Rodríguez, me lía a mí, el hombre que, en plena calle, el otro día me confesó coleccionar mis artículos durante más de 20 años, cuando yo no guardo ninguno.

—El momento más difícil.

—La entrevista hecha a un artesano en la que dije que podía morir de cualquier cosa menos del corazón, porque su corazón estaba atrapado en la madera. Y, mientras circulaba el periódico, al otro día, él estaba tendido en la funeraria a consecuencia de un infarto masivo.

—¿Crítico?

—Hasta la muerte, pero desde la vida, desde la raíz por salvar lo salvable; no desde las gradas, sino desde el ruedo.

—¿La jubilación de las paginas entintadas?

Darte cuenta de que, como mismo hicieron otros, debes ceder tu espacio al ímpetu juvenil del presente, confiando en los que llegan, cuando tú ya vas siendo pasado, para no convertirte en freno ni en verdugo. Gozar el nuevo tiempo desde lo que no te permitió hacer la premura del cierre en la redacción. Tomarte un helado, un café, en plena calle, mientras la gente comparte contigo el último artículo de un joven, el que escribiste tú, o la crítica a los absurdos y las oscuras realidades que aún nos asedian.

—¿Hiciste el periodismo que has querido?

—Al menos lo intenté. Tuve la dicha de contar en el periódico Invasor con una directora con los «ovarios» bien puestos. Migdalia Utrera Peña. Una mujer, en todo el sentido de la palabra, que partió a destiempo, pero que fue mi amiga y mi mayor crítica, mas, también, mi más pasionaria defensora ante los burócratas de turno.

«He tenido la posibilidad de conocer otras realidades y comparar la tan cacareada falta de libertad de prensa de la que se nos acusa; existe en todas partes del mundo si los medios responden siempre a intereses humanos, políticos y económicos de un grupo; aunque estoy consciente –y no estoy descubriendo el agua tibia cuando en tanto escenario se ha repetido– de que necesitamos un periodismo más apegado a nuestra verdad, no a la verdad construida que nos quieren imponer como falacia desde otros escenarios; un periodismo más profundo en sus esencias y en sus virtudes de descubrir, como el enanito de la canción de Silvio, lo sucio y ayudar a la sociedad a convertirlo en oro; aprender a no autocensurarnos, mas tampoco permitir que nos censuren cuando abordamos un tema difícil pero necesario para el país que amamos todos; a desterrar la noticia fría, el conformismo y la superficialidad buscando siempre por descubrir esa poética cotidiana que se esconde, a veces, en los barrios más insalubres y entre la gente más humilde.

«No creo que he hecho el periodismo que he querido. Siempre me quedó algo en el tintero, por mí o por los demás, pero lo importante es que lo intenté, que dejé la lumbre de mis ojos, primero sobre la máquina de escribir y, después, en la computadora. Soñé y sigo soñando todos los días con una mejor nación, con todos y para el bien de todos, con un presente en modo de indicativo que, sin olvidar su pasado de historia, cierre resquicios de oscuridades y retorne a la fragua martiana, esa que, desde una luz cegadora, descubre y preserva los asombros del hierro».

2 comentarios sobre “José Aurelio, el fabricante de ilusiones

  • el 21 agosto, 2018 a las 12:31 pm
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    Usted se merece ese gran premio. Me encanta lo que escribe y el programa que tenía en la TV Avileña ni hablar, no recuerdo su nombre exacto creo era Fábula. Felicidadesssssssssssssssssssssssss

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  • el 24 agosto, 2018 a las 6:52 pm
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    Mi opinión tampoco es objetiva, está parcializada por el cariño y la amistad que me une a entrevistador y entrevistado, pero aún así debo decir que es de las mejores entrevistas que he leído en mi vida. Y espero que José Aurelio con su chispeante y amorosa ironía, no me mande a leer más entrevistas. jjjj

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