La derrota de los Tigres no tiene uñas cortas

Ciego de Ávila perdió porque perdió; perdió porque los Leñadores talaron la selva sin piedad y dejaron desguarecidos a los felinos desde el mismo primer partido, cuando Los Tigres pudieron arañar una victoria que se trastocó en revés, con errores imperdonables, aunque ahora alguien pudiera echar mano a la justificativa y maquiavélica frase de que en la pelota cualquier cosa puede suceder.

En ningún libro de béisbol están escritas las imprecisiones cometidas en los partidos, lo que hacen mal los jugadores o los directores de equipos, pero los errores de unos y otros cuestan lo mismo un encuentro que un campeonato. En modo alguno ello quiere decir que si los Tigres hubieran pasado sobre los Leñadores —¡qué me disculpen si alguien lo creyó! —o tenían el camino expedito hacia el trono, lo mismo ante Sancti Spíritus que antes los naranjas de Eduardo Paret, a la postre, el vencedor en ese pareo.

Escribo sin hálito de resignación, más bien, soy el eterno inconforme que le hubiera gustado un mejor lugar para el equipo que sobre el papel parecía bien redondeado; para el tres veces campeón de la pelota cubana, palmarés reservado a no muchos a lo largo de 58 series nacionales; pero Ciego hizo lo que pudo y como pudo.

Y como el silencio no es la opción, me permito algunas consideraciones para, desde mi punto de vista, dar respuesta a la pregunta de seguidores, fanáticos y a «mí mismo»: ¿Por qué perdió Ciego de Ávila?

De todos es conocido que la manada de Róger Machado llegó malherida y clasificó por generosidad entre los cuatro grandes para encarar la siguiente fase, con fisuras evidentes, no solo en el cuerpo de lanzadores de segunda línea, el peor de Cuba a lo largo de todo el campeonato.

«Ahora sí habrá que contar con nosotros. Una cosa es la serie y otra el play off», verdad de Perogrullo que escuché a técnicos y especialistas.  La diferencia entre uno y otro segmentos existe, pero la única receta válida la da el vencedor.

Los Tigres fueron desapareciendo poco a poco. No es que les haya faltado actitud, como dicen algunos; la realidad es que no pudieron con el mejor equipo de la actual serie, a mi juico, destinado a coronarse. Pronto se sabrá.

Si de puntos sobre las íes se trata, no creo acertada la decisión de poner como primer bate a Oscar Luis Colás, un jugador joven y de talento y cualidades sobrados, pero demasiado agresivo madero en ristre: en los cuatro turnos del último juego, para poner un ejemplo, en tres le hizo swing al primer lanzamiento y con hombres en bases conectó de 9-1. Tampoco hay que colocarle la casaca de villano por el tiro que hizo innecesariamente en el último partido.

Si así fuera, la etiqueta de villanos también la tendrían Yoelvis Fiss por el error del primer juego que costó carreras, Yorbis Borroto por el ingenuo acto de no pisar una almohadilla, Osvaldo Vázquez con un bajísimo promedio de bateo y no ponerle freno a los correcaminos tuneros, con buenos receptores disponibles como Alfredo Fadraga (cuando le dieron la posibilidad lo hizo bien) y Lázaro Martín que, no sé la razón, ni siquiera fue convocado a la semifinal.

En fin, villanos serían casi todos los jugadores regulares —menos Yordanys «San» Samón, 381 de averaje (Ave)—, que encontraron a 52 corredores en posición anotadora y solo impulsaron a ¡10!, batearon para 203 y de los dos jonrones conectados (Edilse Silva y Raúl González), solo el del primero encontró a un compañero en circulación.

Los bateadores de los Tigres apenas produjeron 8 extrabases: dos cuadrangulares, cinco dobles y un triple, ofensiva demasiado anémica para encarar una final.

En el capítulo de los lanzadores no hay mucho que decir (Dachel Duquesne aparte). Fue el conjunto que ponchó a mas bateadores rivales (37), también fue al que más le batearon (320 de averaje) y el que más jonrones permitió, con cinco.

El picheo abridor lanzó para un Promedio de Carreras Limpias (PCL) de 5.04, ponchó a 23, dio siete boletos y perdió tres de los cuatro juegos. ¿Qué hacer si no respondieron los dos principales abridores? Ni Vladimir García (le batearon para 371 y su PCL fue de 4.82), ni Lázaro Blanco (328 y 4.50) pudieron hacerse justicia.

La defensa, otrora vitrina de los Tigres, en esta semifinal fue la ventana oscura, con un Raúl González por debajo de sus posibilidades, que hizo cuatro de los siete errores del conjunto, además de conectar un solitario inatrapable en siete turnos al bate.

Quizá, todos les exijan en demasía a los Tigres, porque a las victorias, a las alegrías, han acostumbrado a sus seguidores desde aquel día de 2012, cuando Ricardo Bordón, en la undécima entrada, sacudió oportuno hit que dejó al campo (4-3) a los azules de Industriales  para coronarse por primera vez y comenzar la época dorada del equipo más estable del béisbol cubano en la última década, pero la gloria no es eterna y ya se sabe dónde cabe.

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