La foto perfecta

“De frente a la multitud se percibía el asombro y la expectación, fue impresionante”, explicó Humberto del Río.

A ambos lados de la carretera central, al amanecer del 1ro de diciembre de 2016, una multitud se instalaba para observar el paso de la caravana que transportaba las cenizas de Fidel Castro hasta el cementerio de Santa Ifigenia, en Santiago de Cuba.

Se suponía que el mejor ángulo debiera ser para un fotógrafo, por eso, Humberto del Río llegó temprano e intentó acomodarse entre la muchedumbre. Obturó varias veces a modo de prueba, captó las expresiones que lo rodeaban, caviló posibles encuadres que “sacaran” sentimientos y mostraran el sobrecogimiento de un pueblo que encontró en su ejemplo gloria e inspiración y, aun así, el tiempo parecía detenido.

“Nunca habíamos vivido nada semejante y sobrellevarlo fue difícil. Me recuerdo nervioso, atento a la llegada, pedía permiso y apartaba personas constantemente. Al final, fue tan fugaz que casi no lo percibí. Tomé muchas fotos, pero no me gustaron porque no lograron captar en toda su dimensión el simbolismo y la consternación del aquel día cuando lo vimos reposar dentro de una caja de cedro”.

Ningún titular, historia o instantánea serían lo suficientemente justos con 90 años de universalidad. La foto perfecta, la que pudo perpetuar el momento no existió. Cada quien debe construirla a retazos con el último discurso que pronunciara, con su dedo enjuiciador, su barba blanca, su sonrisa ilustre, su “manía” de interrogar sobre todo a sus interlocutores y su modo de tratar a los ciclones de igual a igual.

La foto que no pudo ser sabe a incertidumbre y a dolor, huele a deuda y a respeto…se siente eterna, y eso no se “cuela” por el obturador, ni se inmortaliza sobre el papel, se lleva por dentro.

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