La maestra de la parada

Por ahora, no voy a morir

Lluvia tenue, suave. Una mujer permanece guarecida por su sombrilla, debajo de una guásima que crece a la vera de la carretera, allá, por un lugar cercano a la comunidad Los Perros, entre los poblados de Chambas y Punta Alegre. No levanta la mano ni hace ademán alguno que haga suponer al conductor que lleva mucho tiempo en el mismo lugar, ora de pie, ora sentada, en la piedra de siempre.

—¡Ay!, hijo si nadie para. Los carros pasan a millón. Yo espero la guagua o porque alguien se apiade y me recoja. Ya estoy acostumbrada a estos viajes. Sé la hora de la salida, pero jamás la del regreso. Hoy mismo le dije a Juan Alberto, mi esposo, que intentaría regresar temprano y parece que voy a cumplir con la palabra. Siempre hay alguien que…

—¿Y viaja a menudo?

—Soy maestra ambulatoria y paso muchas horas de aquí para allá y de allá para acá.

A sus 56 años anda con unas libras de más, la respiración entrecortada.  Poniendo la coma, el punto, o los signos de interrogación donde van, como para que la entienda desde uno de sus alumnos hasta un periodista.

—Me es imposible anotar mientras conduzco. Mejor entramos a Aguas Azules y nos sentamos unos minutos, porque me agradaría que conocieran de su noble labor a través del periódico, más en la jornada por el Día del Educador, que ya se acerca.

—Es que mi esposo… Salí de la casa por la madrugada y él se impacienta si tardo.

—Solo unos minutos y continuamos viaje, le inquiero. (Me observa, escudriña y acepta).

Nadie es capaz de imaginar que la mujer de la guásima, María de la Caridad Borroto Vera, lleva en los genes el don de la enseñanza y desde hace 32 años es una misionera de tiempos modernos que lleva el saber a los hogares de niños que por algún padecimiento no pueden asistir a las aulas o tienen retardo para el aprendizaje.

—¿Vive en el poblado de Chambas?

—Soy de Los Perros, aquí en Chambas, pero desde hace más de tres décadas vivo en Tamarindo, que pertenece al municipio de Florencia. Ya me he acostumbrado a trabajar acá y me siento bien.

—¿Y cuántos alumnos tiene?

—Ahora tengo dos: Juan Daniel, un niño ciego de 13 años de edad, en Chambas; y Elianny, una niña de ocho años, en la comunidad El Asiento, que cursa el segundo grado, con ajuste curricular, como sucede en estos casos. Ella padece de una Parálisis Cerebral Infantil y de hidrocefalia. Ya he logrado que pronuncie algunas palabras y eso me da aliento y me pone contenta. Con ella trabajo los martes y jueves.

«Juan Daniel está en sexto grado y es muy inteligente y sagaz. Él me conoce por el olfato, por los pasos y cuando llego no quiere que me vaya. A veces le digo que el tiempo está de lluvia y él me dice que ojalá llueva para poder estar un ratico más conmigo. Con él estoy los lunes, miércoles y viernes. Él y su mamá viven en una casita que le hizo el Estado; a Elianny también le construirán su casita, y eso también me reconforta».

—¿Qué cualidad debe de tener un educador de este tipo de enseñanza?

—La lista de cualidades pudiera ser extensa, pero destacaría solo algunas: ética, humanismo, tolerancia, paciencia; y adecuada formación cultural, pedagógica y revolucionaria.

—Requiere de mucho tiempo y preparación para enfrentarse a niños con limitaciones en el aprendizaje?

—En verdad el tiempo no me alcanza y quisiera que los días tuvieran más de 24 horas. Me preparo dónde y cuándo puedo. Me acuesto tarde y me levanto temprano. Esos niños, mis niños, dejan huellas imborrables y enseñan a una a ser mejor ser humano, a no abandonar la función humanizadora y formativa; a sobreponerse a todo tipo de obstáculos.

Afirma que el andar vivencial por carreteras y caminos también enriquece su vida: «A veces monto en algún vehículo, tractor, o lo que me encuentre y soy toda oído porque una se pasa la vida aprendiendo del campo, del monte, de la ciudad, de los jóvenes, y de los que ya no son tan jóvenes.

«Un día de trabajo no es muy diferente al otro. En la mañana, agarro la guagua de Tamarindo a Chambas. Si me corresponde darle clases a Juan Daniel, me quedo en este último poblado; si es martes o jueves, salgo en botella hacia El Asiento para cumplir con Elianny. A veces, ante la insistencia, almuerzo en casa de uno de ellos, pero no suelo hacerlo con regularidad. En El Asiento tengo a mi hija, que es maestra, y en su casa sí almuerzo a cada rato».

Si algo siempre está presente en María es la dignificación por la figura del maestro: «Una sociedad sin educadores, no es una verdadera sociedad. La educación es la premisa de la especie humana, sin educadores no existe la libertad; como dijo Martí: Ser culto es el único modo de ser libre».

Su vocación por el apóstol la lleva a leer con vehemencia cuanto escrito le caiga en sus manos, en lo fundamental aquellos que hablan de la educación especial y sus maestros. Y de memoria me dice uno de ellos: «Tienen el hábito de la benevolencia, aman a los que enseñan, se complacen hablando de ellos (…), más que la enseñanza debe de profesarse el amor».

¿De no ser maestra, cuál otro oficio o profesión hubiera escogido?

—Es buena cualquier profesión que a uno le permita ganarse la vida con honestidad. Si volviera a nacer, sería maestra. No sé qué hubiera sido de esta guajira que vino al mundo en El Asiento y hoy es licenciada en educación. Es mi granito de arena y mi agradecimiento a Fidel y la Revolución.

«Sé que mis alumnos no tienen la capacidad cognoscitiva para ser ingenieros, médicos, maestros o periodistas, pero a una le llega la retribución desde los mismos niños, cuando me sorprenden con algo que para la gran mayoría de las personas pudiera ser rutinario, pero una sabe que es el resultado de mucho esfuerzo, y eso me inspira a levantarme cada día y desandar caminos».

Y momentos antes de partir, María Caridad me revela lo que muchos no saben, porque en su cuerpo aparentemente sano se esconden padecimientos que no son del alma: «Sufro de bronquiectasia (dilatación anormal e irreversible del árbol bronquial) hipertensión arterial, diabetes, y tengo una cardiopatía isquémica, pero si dejo de andar, de ser solidaria y sensible al dolor humano, muero al instante. Y por ahora no voy a morir».

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