La máquina de los desvelos

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Juan Alberto (izquierda) y Alejandro trazan la estrategia para acortar el tiempo de entrega de los nuevos equipos beneficiadores de carbón. Al fondo, parte de la máquina de los desvelos

Y como es de poco hablar, decían que no estaba bien de la cabeza cuando mascullaba: “este me sirve”, “este es muy corto”, “este tornillo tiene el diámetro que necesito”, “voy a buscar los rodamientos”, y, a la vez, se preguntaba “¿dónde?” En fin, puro dolor de cabeza y desvelos que se traducían en sueños por cumplir.

El invento, como casi todos los inventos de éxitos, comenzó por una necesidad, o, mejor dicho, por muchas necesidades, porque para que la Empresa Agroindustrial Ceballos pudiera exportar más de 27 000 toneladas de carbón el pasado año, unos 3 000 hombres y mujeres tuvieron que mover la zaranda (especie de tamiz por donde pasa el carbón) de forma manual, casi sin descanso, a ritmo de brazos fuertes, cinturas sin dobleces y esfuerzos sobredimensionados.

“El carbón de exportación no es hacerlo y ya. Tiene que salir del país con la calidad requerida, porque si no es así, perdemos la confiabilidad, vienen las reclamaciones y también corremos el riesgo de perder el mercado”, comenta Juan Alberto Olivares Padrón, el inventor, al lado del aparato de sus desvelos.

Para mí es una máquina beneficiadora, así de sencillo; para Juan Alberto es una “Criba beneficiadora para la limpieza, selección y envase de carbón vegetal”. Y me exige que así lo escriba, porque fue como asentó su inventiva en el libro de los aniristas de la empresa, donde aparecen otros títulos que obligan a aguantar la respiración si uno quiere pronunciarlos de un tirón.

“Había que ver a los hombres y mujeres beneficiando el carbón de forma manual. Chiqui, chaca, chiqui, chaca, para ‘adelante’ y para atrás.

“Vi a la gente pasando trabajo, y fue cuando pensé que debía inventar algo. Primero me vinieron las ideas; después, otras, y otras hasta que lo dije en la empresa y aceptaron, porque nos vendían una máquina en las Tunas, pero costaba más de 70 000 pesos, muy cara, y ni pensar en las del mercado internacional, donde rondan los 300 000 dólares. La nuestra costó 8 400 pesos, incluida la mano de obra.

“En los inicios hice muchas gestiones. Unas puertas se cerraron y otras se abrieron. El proyecto comenzó a complicarse, pero ya está listo y ahora pensamos construir 10 máquinas en el primer semestre de este año, con la ayuda de Juan, Isoel, Efráin, Alcides y Humberto, quienes me apoyan en las soldaduras, la electricidad, la tornería. Sin ellos, todos pertenecientes a la Unidad Empresarial de Base de Acopio y Beneficio del Carbón, todavía yo estuviera soñando”.

Aunque dice que las otras serán más pequeñas que la de esta historia, el empeño podría compararse con un salto de Javier Sotomayor sin la carrera de impulso, a juzgar por los trabajos que pasó para poder hacer realidad el sueño inicial. “Si aparece todo lo que necesito, en junio tengo listas las 10”, reafirma en tono seguro.

—¿Qué fue lo más difícil de la primera experiencia?

—Que me vinieran las ideas porque, pese a los tropiezos, uno sabe que encontraría apoyo en alguien, como realmente sucedió. En la empresa saben cuánto humaniza y agiliza el trabajo. Además, las exportaciones de carbón dan buen dinero y no podemos abandonarlas.

“Convertir en realidad esos sueños, como te decía, pudiera parecer fácil, pero sincronizar ruedas, poleas, motores, la velocidad de los transportadores, la vibración, la calibración de las pesas a finales del proceso… Todo eso se las trae.

Y ejemplifica: “si la vibración es mucha, puede acabar con la máquina; si es poca, no limpia el producto; además, una vez que la materia prima pasa por todos los procesos, el carbón sale con tres calidades, desde la primera o exportable, hasta la llamada carbonilla, que puede ser utilizadas con otros fines”.

La fase de pruebas, puede decirse, salió como la soñada. Según Juan Alberto, llegó a envasar 2 200 sacos de 20 kilogramos de peso (también puede llenarlos en formatos más pequeños) en ocho horas, aunque fijaron la norma en 1 880, “para no castigarla mucho”.

Mientras Alejandro Hernández, jefe de la UEB del carbón, afirma que no duda de la palabra de Juan Alberto, mientras revela que en los almacenes existe carbón para llenar 152 contenedores. “¡Imagínese cuánto más pudiéramos tener si funcionaran las 10 cribas beneficiadoras!”, dice, mientras yo sigo escuchando historias de máquinas y de sueños por cumplir.

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