La otra zafra de Juan Carlos

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Con sus tentáculos, la alzadora, una rara avis en la ciudad

Cuando le tocaron campana, con el huracán Irma corcoveando allá por el Arco de las Antillas Menores, Juan Carlos Peláez Artiles echó lo indispensable en la mochila y le dijo a la esposa: «no sé cuándo pueda regresar».

Fue el miércoles, recuerda, que salió de su casa en El Cartucho y llegó a la Unidad Básica de Producción Cooperativa Ernesto Che Guevara, allá por el Cedro, donde las cañas permanecen acostadas y las ventanas de los edificios salieron como disparos.
Arrancó el tractor Yunz y puso rumbo, no a los cañaverales, si no, hacia la ciudad de Ciego de Ávila, distante uno 18 kilómetros, para recoger todo lo que pueda enganchar con el graife o campana, como llaman al aditamento que alza la gramínea y la deposita en la carreta o la cama del camión.
Pero esta vez, los tentáculos de la alzadora, que simulan las patas de una araña peluda, abundante en los campos de Cuba, no alzan la caña. En el medio de la ciudad recogen todo lo que puede captar: ramas, troncos y hasta alguna piedra grande.
Toneladas y toneladas de basura, y escombros de la ciudad levanta todos los días la alzadora, y las deposita en las camas de los camiones, porque acá no abundan las carretas. «Los camiones son más rápidos. Cuando llenas uno, ya el otro viene de regreso y no hay chance para descansar. Más de 100 he llenado», comenta.
Dice Juan Carlos, que aunque su equipo no es nada raro, ni vino de otra galaxia, los más asombrados son los niños, que se paran del otro lado de la acera y miran hacia la alzadora una y otra vez, y les llama la atención que el tractor este virado al revés; preguntan y Juan Carlos se siente asombrado, porque en el campo, donde vive pasa «muy normal, sin ‘espaviento’ y la gente ni caso le hace».
 “Trabajar aquí es una suerte, no solo porque ayudas a desahogar la ciudad, sino, también, porque espantas la rutina, ves otras cosas, de reojo le tiras la vista a alguna muchacha linda, y, además, no estás encerrado en esa rutina que es el campo de caña, donde solo estamos el chofer del camión y yo, aburridos.
Cuenta que después de la llegada de la mecanización, de las combinadas, mucho más productivas y ágiles, las alzadoras casi han desaparecido. «En mi unidad quedamos dos. Trabajamos alzando caña de semilla o cuando se quema algún campo. Dicen que aquí, en la recogida, somos tres.  
«Hay mucho trabajo. Las labores en este y otros barrios de la capital y en los municipios del norte de la provincia (Bolivia, Morón y Chambas) no terminarán en un día, aunque tengo la certeza de que si seguimos este ritmo, la permanencia de la basura en las calles no demore mucho».
Juan Carlos tiene destreza y acciona las palancas una y otra vez, y la alzadora acata las órdenes. «Yo digo que el trabajo en la alzadora es más difícil que el de una combinada cañera, porque en aquellas maneja y cortas; en estas tienes que hacerla obedecer: una palanca pa’ que agarre, otra pa’ que suelte y otra para que se mueva a un lado y a otro, que si pa’ riba, que si pa’ bajo».
Esta no es la primera vez que lo movilizan, aunque sí admite que como Irma ningún otro, ni otra. Mide la intensidad de los vientos por lo que deposita en la cama del camión, por lo que en el suelo «¡Qué cantidad de árboles robustos, de troncos gordísimos, de ramas partidas, de escombros!»
Y como las autoridades han hecho un llamado a la unión de todas las fuerzas, Juan Carlos seguirá «hasta que sea necesario». Por lo pronto, la noticia más agradable que recibió este guajiro de pura humildad fue que su casa de tablas y techo de guano Irma no pudo llevársela.

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