Leche pasada por agua

Desde hace años, el ritual cotidiano de Chinea
Los gondoleros de Venecia sentirían envidia ante la destreza con que Julio César Chinea anda por los vericuetos del Complejo Hidráulico Liberación de Florencia, un embalse de 79 millones de metros cúbicos de agua, al noroeste de esta provincia.
El guajiro que allí me encontré merece unas líneas, o más. ¿La razón? En los últimos cinco años acopió más de 150 000 litros del alimento, el equivalente a 15 toneladas de leche en polvo. Y eso dice mucho para un hombre y sus vacas.
Algo sui géneris conocí, y no solo por el hecho de que este sujeto, de manos larguiruchas y dedos que se resisten a los anillos, sea Vanguardia Nacional y desde hace mucho esté entre los mejores productores de leche de Ciego de Ávila. Eso llama la atención y tiene gran mérito, pero…
La valía de este guajiro trasciende fronteras y dudo que haya muchos como él a lo largo y ancho del territorio nacional.
Chinea, como se le conoce en la zona, acopió y transporta a través del embalse miles de litros de leche todos los años, a brazo limpio, sin darle importancia al remo y la chalupita, “o el chalupín”, como él mismo llama a su medio de transporte, construido artesanalmente y que hoy “está guardado como reliquia”, porque desde hace un tiempo navega en otro mejor.
“Todas las madrugadas pongo las cantinas allí, al lado de la carretera”. Habla como si ese allí significara proximidad.
Y es que en tiempo de sequía el brazo de agua por donde él pasa el alimento se encoje a unos 100 ó 150 metros, pero cuando el río suena, enseguida se hincha y debe remar casi medio kilómetro para trasladarla.
Lo que dice a regañadientes no sale de la imaginación, si no de los hechos cotidianos, de los cuales un día el periodista fue protagonista con el remo en ristre, el aire en contra y lejos de la otra orilla.
“Pertenezco a la Cooperativa de Crédito y Servicio fortalecida Julio Antonio Mella. Sitio Picao se llama mi finca. No tiene bonito nombre, pero aquí nací y me crié. La obtuve del viejo que, a su vez, la había heredado de mi abuelo.
“Para acopiar la leche hubo que buscar alternativas. La presa inundó parte de las tierras y nos arrinconó en este lugar. Casi nos aisló completamente. A la casa no llega el agua, pero cuando se pone furiosa coquetea con el portal. A veces no cree en nadie, como en los días de Irma y de la tormenta subtropical Alberto, cuando se llevó el bote. Suerte que 10 días después un amigo lo vio por la barriga de la presa y dijo: ‘este es el chalupín de Chinea’ y me lo trajo”.
— ¿Y de qué vino a hablar usted: de la presa, el chalupín o de la producción de leche, que es lo más importante para el país?
—De todo.
—¡Ah!, mis vacas son las mejores, únicas, diría yo sin autosuficiencia. Como le decía —¡porque usted vino a hablar de producción de leche, no!— mis vacas son las mejores. Disponen de solo una caballería de tierra para pastar y dan bastante leche. Este año mi compromiso es llegar a los 40 000 litros, y seguir incrementando la cifra.
“A veces tengo que echarla al agua para que crucen y coman en otro lugar. El esfuerzo que hacen es riguroso. Así y todo promedian más de siete litros cada una.                                                                 
Y Julio César habla y habla. Al parecer perdió el miedo escénico. Está en su reino: debajo de una mata, donde contempla a casi todos sus animales.
“Aquella es Avioneta, me acabó de parir. Es de las buenas. Le saco siete y ocho litros  en un ordeño. Mira a Bombón. Esa es una fábrica: ¡20 y 21 litros en doble ordeño. Eso es para respetar.                                                                                                    
“La otra se llama Eneida. No es muy productiva, pero tiene sus características. Es muy sata y se carga rápido. No puede pasarle un toro por la orilla. Ella conoce hasta el inseminador. No se ría. Es verdad lo que le digo.
“Puedo seguirle hablando de mis vacas, pero seguro no le dan tanto espacio para que cuente la historia de un guajiro que lo único que hace es entregar leche al Estado. De esos ‘habemos’ cientos en el país.
“Como ya terminé de hablarles de mis animales, si quiere podemos referirnos al chalupín, digo, al bote, que Tapia (Jorge Luis Tapia Fonseca, por entonces primer secretario del Partido en la provincia) me consiguió. Vino a la Asamblea del municipio, la cosa se puso fea y dijo que había que buscarme un bote. No sé qué hicieron, pero enseguida apareció.
“Un día de trabajo se parece a todos los demás. Me levanto a las 3:30 de la madrugada. Ordeño, enyugo la yunta de buey y llevo las cinco cantinas en el carretón. Las monto en el bote. Tiro la yegua a nado. Ella va delante y yo detrás, dando remo. En la otra orilla le engancho el quitrín y traslado la leche a la bodega La Dinámica. Después entrego los 10 litros en la escuela. ¡Ah!, en el chalupín también cruzo la niña, la mujer y la bicicleta”.
—Imagino que cuando llueve la niña falta a clases.
—Qué va. A ella le encanta la escuela. Llueva truene o relampagueé, no falla un día”.
—¿Ha pasado algún susto en la presa?
—Una vez se me viró el chalupín y los tres caímos al agua. Casi nos ahogamos la niña y yo. Mariluz, mi mujer, sabe nadar. Nosotros no. 
Nada. Hay hechos que por aislados no dejan de ser grandiosos, y merecen ser contados. ¿Alguien duda que este sea uno de ellos?

2 comentarios sobre “Leche pasada por agua

  • el 6 agosto, 2018 a las 5:15 pm
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    Bien por ti Ortelio, de verdad que ese hombre vale mucho y cuantos riesgos corre a dirario junto a su familia, cuando vi la foto pens’e muchas cosas, ese hombre por lo que hace se ha ganado un buen chalupin. Ser’ia bueno pudieras publicarlo en el Granma

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  • el 16 agosto, 2018 a las 4:09 pm
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    Realmente eso es algo muy extraordinario muy riesgoso y a la vez muy importante, ¿que seria de muchos niños si no fuera por Ortelio? , bueno seria muy satisfactorio que no tirara todos los dias la yegua en el agua talvez se podria enfermar, pienso que su trabajo es muy bueno para la sociedad y ya que el hace un trabajo intenso se merese mucho Like.

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