Los dueños del ruido

Dueños y bocinas marchan de la mano, y es que su relación de amistad comienza, justo donde termina el derecho de los demás a elegir qué escuchar y a qué volumen.

Ya no se trata solo de que tan buena o mala puede ser la melodía, sino que te lo impone sin muchos preámbulos en la cola, el parque, y hasta en sitios más inusitados como una terminal o la esquina de la funeraria mientras esperan una guagua. El imperio del ruido y la cultura del bafle portable se extienden.

Se ha dicho mucho y de diversas maneras: que si en el edificio 12 plantas en la capital provincial viven agobiados por la música estridente, que si el vecino tal hace de sus fiestas un escenario público, que si el ruido también contamina el ambiente o que resulta un problema de salud. Sin embargo, ni el sentido común ni las normas establecidas han surtido efectos.

Según la Organización Mundial de la Salud los límites aceptables para el ruido: 65 decibeles (dB) por el día y 55 en la noche. La capacidad auditiva empieza a deteriorarse a partir de los 75 dB, y si superan los 85 puede originarse la denominada sordera sensorineural progresiva.

Pudiera pensarse entonces que en materia de legislación este es un terreno virgen, pero para desmentir cualquier especulación están la Ley 81/1997 y el Decreto-Ley 200/99, que establecen como contravenciones emitir ruidos o vibraciones molestas o perjudiciales para la salud humana y tipifica la imposición de multas para tales casos.

No siempre son las bocinas las protagonistas del ruido que ha venido, desde hace rato, a contaminar el ambiente porque la obsolescencia tecnológica en Cuba también hace mella. Claro, muy distante esta realidad de la otra, la que depende solo de la voluntad y conciencia de cada cual.

En lo adelante cuando pensemos la contaminación sonora no basta con asociarla a los buenos o malos modales, sino que hace falta, también entenderla, desde la legalidad y el papel de las instituciones en la preservación de nuestras normas de convivencia.

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