¡Maestro!

Pudiera decirse que son la base de toda sociedad. Para algunos hacedores de milagros, para otros, alguien a quien le pagan por trabajar, o simplemente para los que conocen de cerca el verdadero significado de su obra… Maestro.
¿Quién no recuerda, los gloriosos días de la campaña de alfabetización?
¿Quién no se indigna al escuchar sobre los horrendos crímenes de Conrado Benítez y Manuel Ascunce, o se emociona por la valentía de este último al decir: “Yo Soy El Maestro”?
¿Quién no recuerda con admiración y respeto a algún profesor como el que hubiésemos querido ser?
Resulta entonces incomprensible escuchar conversaciones acerca del tema como: “ni se te ocurra ser maestro, eso que lo coja otro”. O en otro caso: “sí, estudia para maestro, así no vas al servicio militar, total, aquí maestro es cualquiera”.
Pero resulta contraproducente entonces que esos mismos padres son los que cuando comienza el curso escolar, quieren para su hijo el mejor maestro.
Es totalmente improbable la formación de médicos, ingenieros, deportistas y todo tipo de oficios sin antes contar con profesionales de la educación. Me refiero a esos que día a día echan rodilla en tierra, a pesar de sus problemas y necesidades, y asisten a las aulas para garantizar la educación de nuestros hijos.
En nuestras manos está rescatar el respeto y la admiración por aquellos que permanecen la mayor parte del tiempo con nuestros hijos y que sin duda alguna, al igual que la familia, juegan un papel importante en la formación de las nuevas generaciones.
