Maikel Folch: «Mi hijo me pidió que volviera»

Foto: Alejandro García

Frente a mí tengo a otro Maikel Folch Vera, ahora con 38 años y 12 series nacionales, pausado y más prudente; diferente hasta en su forma de hablar en comparación con la última conversación que tuvimos hace poco más de cinco años; distinto, muy distinto a aquel que decidió alejarse de los conciertos beisboleros y marcharse a labrar el campo, en el poblado de Tamarindo, en el municipio avileño de Florencia.

Mientras respondía mis preguntas, trataba de imaginarme cuán difícil habrá sido para él recoger los bártulos y emprender el camino del anonimato, alejado de la algarabía del estadio, del aplauso de los seguidores, con varios trofeos en su vitrina, como la medallas de plata en el primer Clásico Mundial de Béisbol, en 2006, y en la Copa Mundial de 2009, además de participar en otros torneos en Rótterdam, Holanda, en Olimpíadas del Deporte Cubano, juegos de las estrellas, topes amistosos con universitarios estadounidenses.

«Una ruptura en el deltoides del brazo de lanzar me obligó a alejarme de los diamantes. Fue en el primer año que se escogieron los refuerzos y le dije a Roger que pidiera a otro jugador por mí, porque yo estaba seguro de que no le iba a rendir en la segunda vuelta.

«Mi hijo de cuatro años fue quien me obligó a regresar. Un día hojeábamos el álbum de foto y me preguntó: ¿Papá, por qué no vuelves a jugar pelota? Decidí retornar.

«Contario a lo que piensan muchos, nunca dejé de entrenar. Corría dos o tres veces en la semana y en la última etapa nadaba hasta un kilómetro, en la presa Liberación de Florencia, para fortalecerme. Dije que iba a lanzar en la provincial y lo hice muy bien, incluso, en el último partido por el campeonato vencí en el juego decisivo a la novena de Chambas. Comencé a ganar en confianza y sabía que iba a tener buen resultado, porque cuando uno fortalece el cuerpo y la mente, llega el triunfo.

«Entrené solo. Hacía carreras de velocidad, resistencia, fildeaba roletazos, jugaba fútbol y pelota manigüera, como decimos los guajiros. Y en la última etapa vino bien la preparación en Cayo Coco. Siempre me exigí al límite, con mucha disciplina, sacrificio y entrega, trazándome metas: primero, jugar la provincial; después, la serie nacional y, por último, llegar al equipo Cuba. No importan mis 38 años. Quiero volver a la selección nacional. No tiene sentido sacrificarse uno, la familia, si no es por un objetivo que, sé, puedo cumplir.

—¿Y el brazo?

—Está nuevo y no siento molestia. Parece que los ejercicios, el tiempo y la mente lo curaron, pues no recibí ningún otro tratamiento. Pienso que el brazo está en condiciones de acompañarme por esta campaña y por las que están por venir. La velocidad promedio ha bajado un poco, pero se mantiene entre 84 y 85 millas y eso me obliga a mayor concentración y tratar de poner el lanzamiento en el lugar exacto. Yo domino la curva hacia abajo y para afuera, el tenedor, la slider y el sinker. Si le agrego el control que voy logrando, no hay duda que la efectividad aumenta.

Folch es uno de los cinco beisbolistas que todavía juegan de aquel equipo que finalizó segundo en el primer Clásico Mundial del 2006; los otros son Frederich Cepeda, Rudy Reyes, Michel Enríquez y Yulieski González.

Ni la asistencia al primer Clásico Mundial, ni las 79 victorias —tiene 42 derrotas— en series nacionales, ni otro acontecimiento en el ámbito deportivo lo sugestionó tanto como la primera salida al «juego más exigente en cinco años», frente a Camagüey, conjunto al que no le permitió anotaciones en cuatro entradas.

«Cuando salí a lanzar, el José Ramón Cepero me parecía inmenso, demasiado grande, y el público aplaudiéndome. Así me tributó el recibimiento después de tantos años. Eso me dio más confianza. Acumulo cuatro victorias en seis salidas, aunque no estoy al tanto de las estadísticas porque hacen daño si te pones a fijarte en ella constantemente. Voy cumpliendo con el compromiso de tener un regreso triunfal. Todavía queda mucho camino por recorrer, pero creo que puedo ayudar a los Tigres. El equipo tiene otros tres buenos abridores: Dachel Duquesne, Yánder Guevara y Vladimir García».

«Con ellos, con la unión y la garra, como lo hemos demostrado en toda la serie y, más recientemente, frente al equipo de Artemisa, contamos para salir a ganar cada juego, pasito a pasito, porque los Tigres estamos pensando en grande».

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