No siempre el que calla otorga; pero tampoco soluciona

 “Si no te gusta, vete para otro país.”

Así, sin el menor tacto, y con la peor respuesta posible, me dijo hace ya un tiempo la dependiente del departamento de textiles en una tienda de Ciego de Ávila.

No pregunté su nombre, no fui a quejarme a ninguna parte, solo le respondí que no, que no siempre esa es la salida. Compré lo que quería y me fui.

Al parecer se sintió molesta por mi comentario sobre la calidad pobre de la sábana que necesitaba adquirir en correspondencia con su precio. Resulta que por cosas como esas una necesita emigrar, según aquella dependienta.

La frase se me ha quedado ahí, grabada en algún lugar, como esos malos ejemplos en los que te sientes maltratado al recibir un servicio.

Después de un tiempo me sigo preguntando si fue un error no reclamar por el atropello.

Debe ser que el pensamiento ha vuelto a mí por estos días cuando la protección al consumidor es un tema en boga por las resoluciones establecidas y publicadas en la Gaceta Oficial de la República en torno al problema.

Ciertamente, los cubanos hemos perdido la costumbre de quejarnos. Bueno, lo hacemos bastante, pero en círculos muy internos, de tú a tú, no en las instancias que están creadas para ello.

La mayoría alega que al final, si lo hacen, no sirve de nada, no se soluciona nada. Y a veces, es verdad, lo dices y quedas como el inconforme, el imperfecto.

Pero si siempre nos ponemos a aguantar cualquier maltrato, el irrespeto, la mala atención, muy mal vamos a acabar.

Cualquiera tiene un mal día, la gente se cansa, el salario es insuficiente y probablemente quien te atiende se repita con frecuencia “total, para lo que gano aquí, me da lo mismo hacerlo mal que hacerlo bien”. Un detalle importante obvia si piensa así, el trabajo directo con el público lleva implícito no olvidar las normas inviolables para esa relación con el cliente.

Por supuesto, esto no es unilateral; en ocasiones tienen que hacer acopio de paciencia los de ese lado porque quien va a solicitar algún producto lo hace con los cañones enfilados. Como recientemente un señor le protestó con muy malas maneras a la cajera de un Servi-Cupet para pedir un café. En la escena volvió a salir a relucir que la culpa es del país, eso que para algunos es un ente superior que carga con los ángeles y demonios diarios, de los que, al final, son responsables las personas y sus errores.

La Gaceta vuelve sobre esta temática y recuerda a los consumidores los deberes y derechos. Ambos parecen olvidados con mucha frecuencia y es prioritario recalcarlos.

Tener experiencias negativas, ya sea porque no encuentras la persona indicada a quien dirigir la queja o porque lo haces y al final no hay un resultado (es decir que las escenas se repiten una y otra vez) realmente es un freno para que esta sea una opción cuando somos agredidos de un lado o de otro.

Mas, de alguna manera hay que hacer valer lo que nos pertenece por derecho propio.

Hace poco leía en un cómic “no siempre el que calla otorga, a veces es que está cansado”. Le encontré toda la razón. Aunque pensé también que quedarse impávido cuando somos irrespetados tampoco vale de nada.

Entonces, la mejor recomendación, evitar irse para la casa acalorado, excesivamente molesto. Los infartos te pueden sorprender, y no hay que darles demasiados motivos.

Con el mutis sí que no llegaremos a ningún lado.

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