Pacheco, el hijo ilustre

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Pacheco junto a Caridad, “la mujer de mil batallas”
Pacheco junto a Caridad, “la mujer de mil batallas”

Pacheco es un hombre gigante de no más de 150 centímetros de estatura y 120 libras de peso. Más de seis décadas vividas y el ímpetu no le cabe dentro. Lo exterioriza con un “siempre estoy haciendo algo, porque la vida es corta”.

El nombre de Israel Santiago Romero Llanes —Pacheco—, llegó a mi agenda de imprevisto. “Búscalo, que es de los buenos cederistas”, me habían dicho en las oficinas de la coordinación provincial de los Comité de Defensa de la Revolución (CDR).

Sentado en la sala de su casa, habla de historias pasadas; de presente y futuro de la mayor organización de masas del país, y del apoyo que los CDR brindan a la organización y asistencia a las asambleas de nominación de candidatos a delegados de circunscripción del Poder Popular.

Medio siglo pudiera parecer poco, pero es bastante en la vida de una persona que anda por más de ocho décadas de edad y se ha dedicado en cuerpo y alma a la labor en el barrio, sin dejar de cumplir otras misiones como la lucha contra los bandidos del Escambray, a principio de los años sesenta, o la zafra de los Diez Millones, en 1970.

“Desde que surgieron los CDR, el 28 de septiembre de 1960, siempre he tenido algún cargo de dirección. Desde hace un tiempo soy el coordinador de la zona ocho Jesús Menéndez, en la ciudad de Ciego de Ávila.

“La Revolución es la vida mía”, dice. Y para demostrar que no es palabrería barata relata tres anécdotas que jamás ha podido borrar de su mente: “En el gobierno de Batista, yo trabajaba de Sol a Sol. Un día voy a cobrar los siete pesos que me había ganado en el mes y, cuando llego a la oficina, el capataz le dice al pagador: ‘Descuéntale cuatro pesos por la piña que se comió ayer’. Aquello fue un chantaje, pero no protesté porque había un guardia con un vergajo en la mano dispuesto a bajarlo sobre mi espalda.

“En otra ocasión, yo caminaba con un amigo por una guardarraya, entre un cañaveral. Él estaba fumando. En eso venían dos guardias rurales y lo vieron. “Aquí no se puede fumar, le dijeron. Y acto seguido le hicieron tragarse el cigarro.

 “Y la tercera es que llegué a ser capitán de las FAR y a obtener el noveno grado gracias a la Revolución, que me obligó, pero a estudiar.”

Veo dos diplomas colgados en la pared; uno, lo acredita como Hijo Ilustre de Ciego de Ávila; el otro, es del año 2 000 y dice: Por su participación en la histórica marcha del pueblo combatiente de nuestra capital contra el bloqueo genocida y la guerra económica.

“¿Te fijaste de quién es la firma? Yo he tenido el privilegio de haber estado siete veces al lado de Fidel y en tres he hablado con él.”

Pacheco hace un alto en el recuento, como si buscara evadir pasajes personales, pero no debo perder la oportunidad de seguir la conversación.

“¿Los CDR ahora? Han perdido un poco la dinámica. Antes cumplíamos mejor con la guardia. Ahora hay problemas con el doble turno. Por lo menos eso sucede en mi zona que, por cierto, no es de las peores.”

“Pero yo digo que cuando el barrio no funciona, la culpa es de algunos directivos y cuadros que no trabajan y no aglutinan a las personas. Eso lo he comprobado.

“A los jóvenes hay que darles tareas. Aquí tenemos un CDR infantil, al igual que el proyecto comunitario Alas de Colibrí, ganador del Premio del Barrio.”

Pacheco hace partícipe de la conversación a Caridad Rodríguez García, con quien celebró las bodas de oro. “Ella también es de mil batallas”. Y le recuerda el día que en la zafra del ’70 llevaron al cañaveral a Frank Ernesto, el hijo que entonces tenía solo ocho meses de nacido. “Lo acostamos debajo de una carreta y nos fuimos a picar caña. Cuando el niño lloraba, ella le daba una vuelta. Así cumplíamos la jornada.”

Pacheco, un hombre con escaso tiempo libre, tuvo la deferencia de dedicarle demasiados minutos a quien llegó sin avisar. “Usted ha garabateado mucho en la agenda y eso me preocupa, porque yo no he hecho nada más que cumplir con mi corazón.”

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