Papá, nené y el tiempo eterno

No me cansaré de decirlo: solo cuando tenemos hijos sabemos cuánto nos han querido nuestros padres.

Hace poco lo comentaba con un grupo de colegas. Los hijos son lo único verdaderamente nuestro. Lo único que en realidad tenemos.

“Tú no eres otra persona —le dije a mi retoño desde que él era muy pequeño—; porque eres un pedacito de mí mismo que se desprendió y sigue creciendo.”

Convencidos de que así es, conozco a hijos y padres que a la vuelta de innumerables calendarios continúan siendo un solo ser.

Sé de padres, tan desvelados en la madrugada como cualquier madre, solo porque la niña ha tosido o porque su respiración está ligeramente agitada.

Son, muchísimas veces, de padre las manos que embuten la cucharada o empinan el biberón de leche para que el niño se alimente, las que lo bañan, las que le anudan la pañoleta escolar o las que intercambian bate y guante de pelota, con él, en la explanada cercana a casa…

Sin menospreciar el rigor educativo de mamá, toca al “viejo”, casi siempre, exigir, ser “el malito de la película” hogareña, ponerse duro y regañar, trazar y hacer cumplir las reglas de juego bajo el techo hogareño. Y toca al tiempo concederle tanta razón, que luego terminamos intentando hacer lo mismo, con quienes vienen detrás, sobre todo si aprendimos bien cada lección y somos agradecidos.

Por eso tampoco me cansaré de decir que más importante que el día en que nací, es cada tercer domingo de junio, cuando miro atrás, veo al viejo tan lindo como siempre y se llenan de oxígeno mis pulmones para seguir comiéndome al mundo por delante, con mi hijo mostrándome el camino.

Papá. nené y el tiempo
Papá. nené y el tiempo
Seguro entre tus brazos
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