Precios topados o la utopía después de Irma

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Delante de la tarima donde expenden productos del agro varios trabajadores por cuenta propia, mi vecina pregunta como quien sabe de antemano la respuesta:

— ¿Cuánto vale la col?… ¿y los pepinos?… ¿y los boniatos?

Después de escuchar los precios de los pocos alimentos expuestos, con muy baja calidad, por demás, opta por seguir de largo con la jaba vacía, mientras habla consigo misma:

— A ese paso se los van a tener que comer ellos mismos o dentro de poco tendrán que echarlos a los animales.

Como ella, muchas personas recorren cada día los pocos puntos de venta que permanecen abiertos, sin decidirse a pagar por los productos, en su mayoría residuos de cosecha que se ofertan con precios que hasta triplican el valor que tenían antes del paso del huracán Irma por la región central de la Isla.

Son muchos los que se preguntan a donde fue a parar la política de precios topados, que como una protección al bolsillo de la familia, fue adoptada por los Consejos de la Administración locales.

Tal medida puso freno, en su momento, a la especulación y a las actitudes egoístas de individuos dispuestos a enriquecerse a costa de las necesidades del pueblo.

Lo cierto es que la falta de sistematicidad para chequear su correcta aplicación, la carencia de inspectores y la doble moral para aceptar prebendas en unos casos o variar el precio ante la cercanía de un fiscalizador agrava la situación de los consumidores.

Es innegable el efecto que el huracán provocó en los campos, con grandes pérdidas en las plantaciones de plátano, maíz y hortalizas, entre otros.

Sólo en Ciego de Ávila la furia de los vientos echó por tierra decenas de miles de quintales de plátano, de los cuales unos 20 000 pudieron comercializarse en los primeros días tras el paso del fenómeno.

Pero con el decursar de los días es más notoria la ausencia de aquellos productos que habitualmente aportaban las casas de cultivo protegido, los organopónicos y empresas agropecuarias, por lo que muchos puntos de venta permanecen cerrados.

Aunque es notorio el esfuerzo de los trabajadores agropecuarios para rehabilitar las miles de hectáreas dañadas y realizar siembras de ciclo corto que aporten alimentos a la población en el menor tiempo posible, las cosechas demorarán como mínimo entre 45 días y tres o cuatro meses, por lo que hasta finales del año no se notarán los primeros signos de esa recuperación.

De ello se desprende la necesidad de ponerles coto a los revendedores y de elevar la vigilancia y protección de los campos sembrados, para evitar la sustracción de los frutos tiernos, aún sin cuajar, que ofertan algunos puntos particulares.

No puede obviarse que los principales dirigentes de organismos y empresas del Estado están inmersos en el programa de recuperación a escala social para devolverle la vitalidad a la economía cubana y proveer a la población damnificada de los recursos imprescindibles para reconstruir sus viviendas.

Sin embargo, otros muchos funcionarios públicos tienen el deber de velar porque se cumplan las políticas trazadas para proteger a los trabajadores y personas de menos ingresos.

El huracán Irma podrá pasar a la historia por los enormes daños que provocó y también por la capacidad del pueblo cubano para levantarse nuevamente con esfuerzo y trabajo sostenido, pero no puede ser, bajo ningún concepto, motivo de alegría para bolsillos de especuladores.

Tomado de Invasor

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