Soy lo que quise ser

Yolanda, alegre como los riachuelos de su natal Tamarindo y dueña de su destino como tantas cubanas, revela que cuando cinco décadas atrás entró a un aula por primera vez como maestra, no sospechaba que transcurrido medio siglo siguiera envolviéndola la magia del magisterio, la profesión de su vida.
Onelia Yolanda Rodríguez Vázquez —así, con todas las letras— se ha multiplicado en decenas de niños y jóvenes a los cuales en algún momento enseñó —y aún enseña— en el poblado de Tamarindo, del municipio avileño de Florencia.
“Siempre me agradó el magisterio. Creo que en eso mucho tuvo que ver Amado del Pino, el padre de Amadito, el periodista. ¡Qué clase de maestro aquel. No hubo un niño de la zona de Las Margaritas que no aprendiera. Él fue el que me entregó el diploma por haber alcanzado el sexto grado.
“Comencé al frente de un aula desde que terminé el preuniversitario. Le impartía clases a cuatro grupos y aprendí mucho, aunque en verdad, todavía estoy aprendiendo porque uno deja de hacerlo cuando muere.
“Como te decía, me fui haciendo maestra en el camino, en el día a día. Después estudié y alcancé la licenciatura en Español y Literatura, a finales de los años ’70. Siempre fui feliz frente a un aula, porque me acompañaba el ansia de ser útil.
“Yo tenía tantos deseos de enseñar que estaba dispuesta a hacerlo donde me enviaran. Pasé por varias escuelas, hasta que llegué al centro mixto Delfín Moreno, donde impartí clases a alumnos del duodécimo grado.
“Pero no te he dicho que cuando cumplí los 55 años me jubilé y estuve 11 en la casa. Cuando hubo déficit de maestros, me llamaron y le dije a Jorge, mi esposo, hoy fallecido, que me incorporaba a las clases, y así lo hice hasta que hace un tiempito me jubilé.”
Si a Yolanda le preguntan cuál etapa como maestra ha disfrutado más, revela que no sabría responder. “Todas tienen su encanto, aunque me parece que la preescolar es fundamental, porque moldea la espiritualidad, afianza hábitos… El niño comienza a distinguir lo bueno de lo malo y a crecer como ser humano.
—¿Qué cualidades debe tener un buen maestro?
—Sentir amor y entregarse en cuerpo y alma a la labor que realiza, porque transmitir conocimiento y educar no es algo que se improvisa. Mi experiencia en el oficio me dice que no solo basta con preparar bien la clase. Se necesitan de muchas otras cosas para dejar huellas en los alumnos.
—¿En qué se parecen los alumnos de ahora a los de antes?
—Más que parecerse, diría yo, se diferencian. Los de hoy son más avispados, con mayor número de inquietudes; los de antes eran más disciplinados, aunque yo no tengo quejas de mis muchachos de hoy. Fíjate si son buenos que en los últimos tres años solo uno no aprobó las pruebas de ingreso para entrar en la educación superior.
De los innumerables reconocimientos recibidos ninguno le resulta tan importante como cuando le dicen maestra. “¡Tengo que estar agradecida de la vida! Soy lo que siempre quise ser”.
