Tramposos en bicicletas

Los vendedores de pan, los que andan en bicicletas por los barrios, tienen carisma. Parecen gente chévere, esforzada. Trabajan todos los días: lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábado y domingo. No descansan. Como hormigas laboriosas, suele vérseles por todo el pueblo, incluso, algunos enfilan carretera arriba y van hasta la loma a llevar el producto.

Cada vez que hay colas en la panadería ahí están, es lógico. Hablan entre ellos, a la espera de que salga el «pan nuestro de cada día», el necesario. Incluso, por la noche, siguen estando allí los panaderos, como les llama la población. No ven el noticiero nacional de la televisión; tampoco la novela. A esa hora ya duermen para estar listos en la madrugada inmediata.

Se sabe que los vendedores de pan deben estar autorizados y son Trabajadores por Cuenta Propia. «Mira mi carné», me dijo uno mientras se montaba en la bicicleta y enfilaba hacia la gente del barrio a realizar su mercancía.

Obnubilados por un peso más, que ya van siendo dos pesos de más, y no dudo pronto sean tres si no se les pone coto, los panaderos de mi ciudad de Ciego de Ávila —no sé si en otras provincias sucede lo mismo— se han puesto de acuerdo y han tomado una determinación radical: vender el pan a dos pesos por encima del valor en que lo adquieren en la panadería.

Viviana, administradora de una de las unidades expendedoras del producto, dijo a Granma que continúan con los mismos precios: el pan boleado a dos pesos, tres el de corteza blanda y a cuatro el de corteza dura. «No hay razón para que ellos le aumenten el monto de venta», dijo con determinación.

Uno de estos sábados observé a varios de estos cuentapropistas —quién sabe si en realidad lo son— convertidos en (re)vendedores, como los llama la población, porque nadie los ha autorizado a cambiarle el precio al pan, acto que se ha convertido en regla.

Hacían la cola varias veces. En tiempo de escaseces de harina en las panaderías de mi ciudad el pan lo han restringido a solo cinco unidades por persona y, de una sola vez, les es imposible adquirir mayor cantidad que la autorizada. Los del sábado —dicen que son los de todos los días—, marcaban en la cola y volvían a marcar, y volvían, y volvían y… De cinco en cinco unidades, llenaban las cajas.

Uno de ellos me llevó al borde del ictus isquémico, no por los dos pesos, más bien, por la insensibilidad del hombre de marras; por el descaro, diría mi madre, experta en poner los puntos sobre las íes.

Él y yo, ambos, estábamos en la cola. Él alcanzó pan y yo no. Al doblar la esquina, justo en el Teatro Iriondo, estaba apostado.

—¿Amigo, vende pan?, le pregunté, mientras disimulaba la molestia por yo no haber alcanzado el producto, porque él, como otros, se los habían llevado antes que muchos de los que permanecíamos en la cola.

—¿A cómo lo vende?

—A cinco pesos, porque es de corteza suave.

—¿Y qué tiene que ver si lo de corteza suave, la panadería lo vende a tres pesos?

—Este pan lo compré a un particular que tiene patente y debo pagarlo a cuatro pesos, entonces tengo que venderlo a cinco para ganarme uno, si no, para qué trabajo.

—Llévame a casa del particular que te vendió la caja de pan, le dije.

—No tengo por qué hacerlo, si tú no eres policía.

—Soy periodista y quiero saber.

—¡Vaaaaa!, periodista. Los periodistas debieran de ocuparse de cosas más importantes, no de la gente que vende pan y resuelven un problema.

Entonces me descoloqué, no por lo del peso, sino por la desfachatez del hombre, que, como muchos otros de su oficio, son el ejemplo más ilustrativo de una deshonestidad que tiene patas largas, sin que nadie se digne a cortárselas.

«¿Y tú le has preguntado en las shoppings, al Estado,  por qué suben los precios?

—Estamos hablando del pan, no de las shoppings, ni del Estado.

—Ya te dije que se lo compré a un particular y ellos pagan por la harina y lo hacen mejor que el Estado y me lo venden a cinco pesos y yo lo vendo a seis.

—Pero si el pan es de la panadería de la calle Maceo, entre Independencia y Joaquín de Agüero. Usted lo acaba de comprar en el mismo lugar donde yo hacía la cola, justamente unas personas detrás de usted.

—Eso es mentira.

—Y usted es un estafador.

Y me marché, pensando en la malformación congénita de este panadero-estafador que se ha transmutado en muchos otros, sin que nadie les ponga control, al menos, en mi provincia.

5 comentarios sobre “Tramposos en bicicletas

  • el 21 enero, 2019 a las 7:51 pm
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    Amigo Ortelio, cosas como estas están a la orden del día en toda esta ciudad, yo, que con valores me criaron mis abuelos y tengo que ver tanta desfachatez delante de mis ojos, me convenzo cada vez más en el famoso cuento infantil de Alí babá y los 40 ladrones, en esta época, no son solo 40, hay cientos de miles bajo el traje, los que no trabajan y especulan, los que dirigen y no se ven en ninguna parte cuando cosas como estas suceden y ejersan su gobierno, en fin, la propia policia, que ve las aglomeraciones y matazones para coger no solo el pan, ven los revendedores en la calle y todo pasa, en fin, para nada.
    Amigo Ortelio, cuidese de un infarto, haga su labor como periodista excepcional, pero en las cosas diarias de la vida, trate de hacer mutis ante la indolencia de muchos y las ganas de ver un país mejor de los pocos, en este caso, lo incluyo y me incluyo yo, los que queremos una ciudad mejor para los avileños y avileñas que vivimos en ella, pero al parecer, no contamos, al menos en esta historia.

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  • el 22 enero, 2019 a las 2:27 pm
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    Ortelio usted como periodista tiene la suerte de poder publicar uno de los tantos problemas que nos estan afectando. Pero las autoridades competentes son los que le dan la espalda a los problemas y no los resuelben estamos plagados de hechos como estos y nunca pasa nada. El que tenga duda que camine el Bulevar de Ciego para que se de cuenta, de cuantos revendedores existen , que no te dejan caminar tranquilo o entrar a una tienda , sin que te propangan hasta un ´´avion´´ ….. Tambien los invito a ir a las afuera de la Ferreteria que esta al frente del Hotel Rueda o la que se encuentra en la otra calle por la linea, para que vea cuantas personas estan afuera de estos lugares viviendo de la reventa de los productos que venden estos establecimientos, y lo mas paradojico es que todos lo vemos y no pasa nada….HASTA CUANDO…

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  • el 22 enero, 2019 a las 3:02 pm
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    si TODOS estamos al tanto de estas cosas… quién las para?

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  • el 23 enero, 2019 a las 7:40 pm
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    Muy buen comentario amigo… ahí es donde hay que meterse, yo personalmente, ya que me he cansado de graficarlo, se lo dije al primer secretario del Partido en una reunión en el local del PCC, espero q antes de verlo en otra reunión , hayan hecho algo…. que no me sorprendiera q el cuartico siga igualito…

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  • el 29 enero, 2019 a las 3:17 pm
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    No solo sucede en tu ciudad y tu provincia, también en la mía que es Camagüey y en mi municipio que es Florida… Los revendedores de pan, los de las pissas, los de las minutas, los de los puntos de vianda… Todos suben los precios con una indolencia tremenda y no ha aparecido todavía quien logre ponerle el cascabel al gato, ni los administrativos de las unidades estatales donde se abastecen los revendedores disfrazados de cuentapropistas… Lo triste del caso es que la población sigue pagando los pesitos de más que ponen a las mercancías que comercializan…

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