Trova desde las teclas de un piano
Lien Piloto no descendía de grandes músicos ni su familia la instaba a ensayar hasta el cansancio, pero a los seis años comenzó a estudiar piano con el empuje de quien disfruta hasta los desencuentros y los regaños por desafinar o no completar en el pentagrama las notas.
Su excelente voz, el timbre modulado, la armonía vocal inédita y la habilidad de improvisar sobre el escenario no desmentían los pronósticos de que podría cantar y tocar cualquier melodía.
Con el trovador Pavel Poveda Álvarez, entonces presidente de la Asociación Hermanos Saíz (AHS) en Morón, inició un dúo y cantó en parques, eventos y fiestas, y premios en concursos de creación infantil y festivales le dieron forma a su currículo y le inyectaron la trova en la sangre.
Continuó con el piano hasta el sexto año, cuando tuvo que elegir entre la Universidad de Ciencia Médicas y su profesionalización artística. Contrario a lo que pudiera pensarse, encontró en la bata blanca otro tipo de realización, mientras continuaba con la música de un modo más informal.
“Nunca he pensado en una carrera como solista, me gusta compartir el escenario con otros artistas y hacer la segunda voz, que resulta un reto inmenso, pues esta debe encajar con la melodía principal y dotarla de armonía, por lo que la afinación debe ser perfecta y el oído aguzarse para no adelantarse o atrasarse. En la mayoría de los casos, acompaño con el piano, las claves o instrumentos de percusión y cuando no se la letra, solo con el papel interpreto. La música alimenta mi espíritu, es un modo sublime de desconectarme de la realidad.”
Después vendrían tríos, cuartetos y quintetos hasta que volvió a elegir porque las licencias culturales eran “demasiadas” y se suponía que un médico epidemiólogo no debía andar de plaza en plaza ni ser un bohemio empedernido.
Al tiempo, llegó a la Fundación Nicolás Guillén, emplazada en la ciudad de Morón, y se unió a Lázaro Rojas en el proyecto Cuerda Rota, que los últimos sábados de cada mes resurge, no solo para descargas de buena trova, sino para explicar los orígenes y la riqueza cultural de este género y darle la oportunidad a quienes se inician de compartir experiencias y atreverse a mostrar sus composiciones.
Todavía recuerda cuando Omara Portuondo visitó esa ciudad y en medio del concierto pidió un atrevido que la acompañara. Lien se arriesgó y las notas de Silencio retumbaron. Quizás porque la diva del Buena Vista Social Club es quien es, quedó paralizada cuando exhortó al público a aplaudir y la felicitó con asombro.
Surgiría así una fugaz amistad que le dio la oportunidad de visitarla en La Habana y, meses después, su representante la contactaría para la grabación de las segundas voces en un disco que estaba en producción. Otra vez la elección y la encrucijada: esperaba salir a cumplir misión internacionalista en cualquier momento y no lo haría. La vida hizo que ninguna de las dos opciones se concretara y prefiere, simplemente, no afligirse, recordarlas con cariño y continuar de frente cantándole al destino.
