Una carcajada satírica en el Principal

La escena del gallego y la mulata fue de las más aplaudidas
La escena del gallego y la mulata fue de las más aplaudidas

Reír hasta de nuestras propias desgracias es parte ineludible de la idiosincrasia del cubano. Con este y otros hilos conductores subió a las tablas del teatro Principal, de Ciego de Ávila, un espectáculo humorístico de la compañía camagüeyana Teatro D’ Luz que, de modo coherente y refrescante, revisitó las esencias del teatro vernáculo.

La sobreactuación, el choteo, el doble sentido, la crítica social y la sátira confluyeron en los cuatro cuadros exhibidos en la obra: La escuela, La perrita, La vaca, y La estatua.

Una maestra lidia con las travesuras de sus alumnos mientras “ensaya” para recibir a un metodólogo nacional, el monólogo de una “perra” con ínfulas de actriz, una vaca y su presunto matarife que se cuestionan el origen de las muertes vacunas, y el dicharachero negrito y el reflexivo gallego en disputa por el amor de la pícara mulata, sirvieron de válvula de escape a muchas infortunios del cubano de a pie.

Con los diálogos aguzados, precisos, e inteligentes retornó la caricaturizaron de nuestra realidad. Desde la maestra que recibe sobornos hasta la doble moral, el absurdo de algunas convenciones sociales, y las carencias económicas terminaron por tejer la red de significados y códigos trazados desde la contemporaneidad del discurso.

La vaca se mostró juguetona sobre el escenario
La vaca se mostró juguetona sobre el escenario

Para el final quedó lo mejor en una suerte de escamoteo de lo espectacular. Lo que comenzó de manera aceptable, se tornó interesante y la curva dramática osciló armoniosamente entre lo bufo y lo actual.

A la interpretación del monólogo, género que mostró un texto complejo, le faltó, en mi opinión, soltura por parte de la actriz. No así, a la mulata y el gallego, desbordantes sobre el escenario.

El diseño de vestuario resultó profuso y acertado en formas y colores, y la música amenizó la noche. Sin embargo, la escenografía, encargada de completar el cuadro costumbrista, fue solo el telón negro.

Hugo Hernández (Tripita), fuera de la nómina habitual del grupo, asumió un rol femenino para acompañar la cita y arrancó risas con su talante desenfadado. Al parecer, sobre la marcha improvisaba, pero los parlamentos dejaron ser atractivos a los oídos de un público hastiado de fórmulas facilistas y, a veces, hasta kistch.

El Club de Rodas, nombre adoptado por Teatro D’ Luz cuando incursiona en esta manifestación, regaló una hora de risas al más puro estilo criollo y “aderezada” con códigos contemporáneos en un momento en que el humor cubano debiera revitalizarse alejado de clichés y oportunistas.

Constituyó una oportunidad para reír a plenitud y disfrutar de otros modos de hacer.

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