Una vocación de amor

Marialina Joseph Pol ha sido una mujer valiente que ha conjugado su sangre haitiana con una expresión muy cubana que la ha llevado, irremediablemente, por el camino del arte y la cultura.
Graduada en la década del ‘80 del siglo pasado en la especialidad de teatro, ha sido testigo de los talleres impartidos por artistas de la talla de Noel Buchillón y Eduardo Vázquez, de la formación y crecimiento de las 10 instituciones básicas de la Cultura, del déficit de instructores de arte que impuso el reto de graduaciones emergentes y la puso frente a un aula a impartir docencia, y de los altibajos de una profesión que entraña, ante todo, compromiso.
Jagüeyal, Sanguly y La Caoba fueron los primeros “teatros de operaciones” que llegaron durante los años del servicio social, cuando vivir albergada y desandar kilómetros para hacer cultura eran opciones atractivas asumidas sin pesadumbre.
Cuando llegó a la casa de cultura Haydeé Santamaría, en Morón, su carácter ya estaba moldeado entre la humildad de quien nació en un bohío con piso de tierra y la irreverencia del artista empedernido.
“Hay cosas a las que un instructor de arte no puede permanecer ajeno, entre ellas, el trabajo cultural en su radio de acción. Esto significa velar porque los estudiantes participación en los concursos, lograr talleres de calidad, inmiscuir a la comunidad en cada actividad y captar a tiempo los talentos. Aun cuando nos especializamos en una manifestación nuestra formación es integral, por eso, podemos valorar la calidad de una obra de arte o la terminación de un tejido a crochet y ser, también decisores.”
Dice que el artista no es un jornalero con horario estricto de llegada y salida, pues mientras otros duermen él trabaja y merece, cuando menos, consideración y respeto. Sin embargo, sí juzga con severidad a quienes delegan demasiado o evaden sus responsabilidades al servicio del arte y la cultura.
El sobrenombre de “truco” por su particular modo de readaptar cada pieza de ropa, de entrar por la “alfombra roja” a cada edición del Silencio Azul y por encontrar soluciones donde parecieran imposibles es otra prueba de su carisma a prueba de cualquier contingencia.
Dedicada en los últimos años a incentivar la artesanía y a asesorar a sus cultores, ha logrado una representación activa del municipio de Morón en las Ferias de Arte Popular, ganadores en el concurso De donde crece la palma —evento más importante de las artes plásticas en las Casas de Cultura— y ha llenado la nómina de participación con niños interesados en moldear la cerámica e incursionar en las manualidades.
Otro de sus empeños ha sido el trabajo sindical que, al unísono con el arte, resulta una vocación perenne que ha ostentado con orgullo, aun cuando reconoce que debe sentirse en la sangre y puede ser muy ingrata.
“Intentar ayudar sin nada material que ofrecer es un compromiso inmenso, pero no imposible. A veces solo preguntar para interesarse o brindarse alivia la carga. La otra cualidad imprescindible es ser justos, no vale tomar partido por una u otra parte y hay que saber tanto como los propios directivos para esgrimir con autoridad los criterios. El sindicato es representación y autoridad, sino su función se diluye.”
Sabe que la vida se encarga de darle justo valor a cada acción o, lo que es lo mismo, pagar en cuotas de espiritualidad cada sacrificio. Así lo confirma con anécdotas como la de una jubilada que ante la invitación a participar en un evento de la casa de cultura, le espetó: “hace 27 años que me retiré y nadie ha venido a verme, no sabes lo feliz que me haces.”
Con la cercanía de la Primera Conferencia Nacional del Sindicato de la Cultura volvió a ser elegida como representante del sector de la Cultura y, desde ya, prepara sus cuestionamientos y perspectivas para el debate.
Resulta, también, una suerte de líder de opinión imprescindible, que gana aplausos y muecas de desaprobación con la misma intensidad ya sea por defender lo que piensa hasta el final o por no tener reparos para señalar desaciertos. Una mujer que le ha fijado el amor a su profesión.
