El valor de una palabra

Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Pin on PinterestShare on LinkedInEmail this to someonePrint this page

Al profesor Antonio Moltó Martorell lo conocí durante mis prácticas laborales en el periódico Tribuna de La Habana. Era por aquel entonces el Jefe de la Redacción Económica y asistía a un grupo de estudiantes del primer año.

Resaltaban en su desempeño su agudeza intelectual y lógica periodística, incluida una nobleza pedagógica que fomentaba la búsqueda y el respeto por la lengua española.

A él le debo mi más ferviente afición por la lexicografía, cuando apenas durante el primer año de la carrera en una información por encargo cometía mi primer gazapo al emplear una palabra que por correlativa desconocía su significado.

Al revisarme la nota informativa me convidó a  buscar las acepciones de la palabra de marras en un dicccionario de antónimos para demostrame heurísticamente la sin razón del disparate.

Aprendí del gazapo, y desde entonces asumí por convicción una responsabilidad visceral con mi lengua materna y con el periodismo como oficio.

Una vez egresado, la vida laboral nos hizo reencontrarnos en dísimiles momentos, sobre todo, en 1997 cuando el histórico VII Congreso de la UPEC con el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz.

El me enseñó, entre otras virtudes, la utilidad del dominio de la lengua y la importancia del empleo correcto de las palabras. De él guardo con celo un regalo personal que fue la primera edición de “Todo el tiempo de los cedros”, de Katiuska Blanco.

Antonio Moltó ya no estará más físicamente entre nosotros, pero su agudeza intelectual y su lógica periodística, como patrimonio natural y deontológico de nuestra profesión, serán el saldo perpetuo que todo periodista revolucionario habrá de tributar en su memoria.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

diecinueve − quince =