El Vaquerito: desde la realidad y la maravilla

¡“Me han matado a 100 hombres”! Es ineludible, nadie puede obviar la frase del Comandante Ernesto Che Guevara al enterarse de la caída en combate del capitán del Ejército Rebelde Roberto Rodríguez Fernández, alias El Vaquerito, el 30 de diciembre de 1958, porque es la que mejor define la valía del joven héroe.

El Vaquerito fue, en todo momento, más que su estampa. Aquel soldado que perdió la vida en el asalto a la estación de policía de Santa Clara, en la decisiva batalla dirigida por el Che y en vísperas de la victoria, se creció desde la pobreza extrema del campo cubano y decidió luchar desde muy joven, para convertirse en uno de los más intrépidos y valientes guerrilleros desde su llegada a la Sierra Maestra en abril de 1957.

Llegó exhausto y descalzo, junto a otro compañero, a la misma Comandancia general encabezada por Fidel Castro, después de un mes de una casi demoledora marcha por empinados senderos, cruzando ríos y manatiales y entre la tupida maleza del abrupto entorno de montaña.

De baja estatura, cabello rubio y ojos azules. Así describieron sus contemporáneos a ese azogado diablillo que parecía conocer todos los secretos del monte. A los pocos días dejó de ser Roberto o el Motica de la adolescencia para ser conocido con el nombre con el cual pasó a la inmortalidad: El Vaquerito.

Citan varias fuentes allegadas que Celia Sánchez, al ver las necesidades del joven, le dio unas pequeñas botas Súper mexicanas, una camisa a cuadros que junto a su sombrero campesino le daban una imagen de vaquero. Por su figura menuda, se le dio el diminutivo. Así nació para siempre El Vaquerito.

Contó Celia Sánchez que al principio Fidel no quería aceptar la entrada a la tropa de aquel casi niño, aunque tenía poco más de 20 años, por las deplorables condiciones físicas en que llegó al campamento.

Pero fue tal la vehemencia con la cual el muchacho argumentó su deseo de ser un combatiente, que accedió. Primero fue mensajero, pero se fue destacando cada vez más en el cumplimiento de misiones audaces y peligrosas y esas mismas características lo llevaron pronto a formar parte de una suerte de fuerza élite, el llamado Pelotón Suicida que dirigía Ernesto Che Guevara.

Como parte de la Columna Invasora número ocho, Ciro Redondo, integró la invasión de Oriente a Occidente que extendería la guerra desde La Sierra Maestra a todo el país, en el verano de 1958, como parte de la ofensiva final del Ejército Rebelde contra la tiranía de Batista.

Lamentablemente, no pudo ver la victoria por la que tanto luchó y ofrendó su vida. Al morir, mientras comandaba la toma del cuartel, tenía 24 años. Había nacido el siete de julio de 1935 en la finca El Mango, zona de Perea o La Hondonada, en Sancti Spíritus, Las Villas, en la región central de Cuba.

De origen campesino, tuvo que trabajar desde los 11 años y cumplió diversos oficios, muy mal pagados. Fue repartidor de leche, estibador, ayudante de tipógrafo, vendedor ambulante, boxeador e ilusionista.

El Che también reconoció la extraordinaria simpatía y alegría de El Vaquerito, quien todavía no había avanzado hasta una posición ideológica definida en el momento de su muerte. Sin embargo eran más que probados su amor por la justicia y su férrea voluntad de acabar con la miseria, la desigualdad y los asesinatos que había vivido o visto directamente durante los gobiernos de turno que conoció.

Con cierta afición por la mitomanía o los relatos fantasiosos en que se implicaba muchas veces como protagonista, se presume que soñaba y se construía un mundo de maravillas, como paliativo a la vida ciertamente muy dura que le había tocado vivir junto a su familia. Ser cuentero o dicharachero también forma parte de la tradición oral y la cultura del campesinado cubano.

Pero a la hora de la verdad nunca confundió mito con realidad. Fue honesto, eficiente y cumplió como un león las misiones más peligrosas. Así que El Vaquerito siempre fue criollo y muy cubano, no un remedo de cowboy.

Hoy, es un regalo conocer más y escribir sobre él, aunque se recuerde la fecha luctuosa de su caída y su pérdida irreparable.

Porque es bueno saber que su propia vida fue más maravillosa que todas las fantasías que él solía recrear en sus relatos entre compañeros de batalla. Por eso también vive entre sus compatriotas.

(Por Marta Gómez Ferrals, ACN)

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