Wenceslao y el marabú

Wenceslao, el enemigo del marabú
Wenceslao, el enemigo del marabú

Camina la floresta con cuidado y evita los pinchazos, a decir de él, espinas dolorosas, “porque por dondequiera que uno anda prolifera el marabú, que se ha adueñado de los campos de Cuba.

Sin embargo, a Wenceslao Licea Escalona no le gusta probarse caminando por encima de la floresta, sino encima de un poderoso Komatsu de 54 toneladas de peso, capaz de arrancar de cuajo el tronco más grueso que haya sobre las tierras rojas de la empresa de cultivos varios La Cuba, donde se desarrolla uno de los planes de granos más ambiciosos del país.

Desde el mismo comienzo, hace algunos años, él y su equipo forman un binomio que le mete miedo al monte, allá por la zona de Tres María, donde el marabú cede ante el empuje del potente equipo y de Wencesleao, que dedica horas, días y meses a liberar las áreas infestadas.

“Salgo de la casa al amanecer y regreso de noche, agotado, pero no cansado porque sé de la utilidad de la labor que realizo”, afirma.

“Tierra hay para buldocear en este reino verde que dicen cuida el suelo y lo protege, pero yo digo que lo bueno es poder sembrarlo todo de frijoles, un alimento que si lo producimos aquí el país ahorra divisas al no tener que comprarlo en el extranjero”.

Wenceslao llegó hace años desde la provincia de Granma, empujado por la bonanza de los campos de La Cuba, la empresa donde, dice, permanecerá el resto de su vida, porque “es buena y si trabajas ves el resultado y ganas bastante dinero. Anteriormente yo jamás había visto en mi bolsillo 884 pesos en una quincena y fue eso lo que cobré en la pasada”, comenta entre el asombro y la alegría.

Unos segundos para subir a la mole con esteras; Wenceslao acelera y explica, sin dejar de atender la altura de la cuchilla de 12 toneladas que, aliada de la fuerza de gravedad, tiende a acomodarse sobre el terreno.

“Debes de estar al tanto del más mínimo detalle, porque el buldoceo no solo es bajar la cuchilla y darle pa`lante al equipo. Uno debe mantenerla a cuatro o cinco centímetros de altura para tumbar el marabú y no ocasionarle daño al terreno, al menos así lo hago, porque aquí nacerán los frijoles más lindos del mundo, como en las anteriores áreas que yo he buldoceado”.

Y ese yo, pudiera malinterpretarse o, simplemente, interpretarse con algo de altisonancia, de gente autosuficiente acostumbrada más a decir que a hacer.

Nada más alejado de la realidad, Wenceslao, como ya deben imaginar, es el rey del buldoceo y por su causa, todos los días, el monte recibe a la mañana con muchos metros cuadrados sin marabú. “Más de 300 hectáreas he liberado en todo este tiempo, según me dijo el otro día Carlos Blanco, director de la empresa.

“Como te decía, buldocear no es tirar la cuchilla y darle pa’lante. Eso tiene su magia. Después que tumbas los arbustos, tienes que recogerlos con el buldócer y vas haciendo las pilas. A los cinco o seis días le das candela. Inmediatamente otro equipo de gran potencia pasa la picadora de 14 000 libras, o siete toneladas, que es lo mismo; se prepara el terreno y se siembra los frijoles”.

Otros segundos para bajar de la mole de hierro, porque a Wenceslao le cuesta trabajo detenerse; él continúa y la emprende contra el monte, porque todavía queda mucho por hacer en las tierras de La Cuba.

Tal vez cuando los frijoles estén sobre la mesa, pocos recuerden la lucha entre Wenceslao y el marabú; el uno tratando de exteminarlo, y el otro esquivando la cuchilla para sobrevivir en un cerco que cada vez se le hace más pequeño.

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