Desobediencias que salvan

Jeidy Hernández Pérez. Foto: cortesía de la entrevistada

Jeidy no entiende de poses cómodas. No entiende de brazos cruzados o actitudes inertes. Tales incomprensiones le vienen en la genética: su mamá es igualita, me lo ha asegurado.

Su ADN es culpable, también, de la “desobediencia” que se le ha duplicado desde hace tres meses. Los ruegos de “quédate en casa” los lee o los escucha, y los repite a otros. Pero hasta ahí. Tiene a su subconsciente hablándole más alto. Y si tu voz interior te ordena salir, hay poco que puedas hacer. Saldrás.

Jeidy Hernández Pérez, se levanta a las siete de la mañana. Un poquito después carga todo el peso de su bicicleta y baja seis pisos. Quizás el descenso lo haga, fatigada y sudorosa, restando escalones de la cuenta que debe saber de memoria. Quizás, entre número y número, se le “cuelan” algunos nombres recién aprendidos, o el último recuerdo del día anterior. Si es así, esta jovencita baja también sonriendo. Es el efecto de hacer el bien, que armoniza el sacrificio y la felicidad en la misma línea, y no te deja flaquear.

En marzo dio un sí rotundo para, como parte del Contingente 97 años con Cuba, atender a personas vulnerables. Desde entonces, supo que sus memorias de la pandemia no podría escribirlas desde el aislamiento, que al hablar de cuarentenas y días interminables recluidos en el hogar no lo haría en primera persona.

“A las 8 de la mañana tengo que estar en el punto de venta que se me necesite, pero antes de llegar allí visito a mis siete ancianos para ver si desean algo, puede ser de la bodega, de la placita o de la TRD [Tiendas Recaudadoras de Divisas]. En los lugares donde se expenden los productos, ya sean alimentos o de aseo, anoto a los impedidos físicos, y si algunos de mis ancianos desean algo de lo que se esté vendiendo, debo decirlo temprano para poder recogerlo a las 4 de la tarde”.

No tiene certezas de cuántos kilómetros recorre en un día. Son muchos. Pero por muy alta que sea la cifra, no compite con la magnitud del agradecimiento que le profesan. Si los sentimientos pudieran medirse, así como se miden las distancias físicas, nadie dudaría que vale la pena cada minuto bajo el Sol, o cada horario de almuerzo que pasa por alto, sin probar tan siquiera un refresco. Jeydi no lo duda. Ni los agravios de los que se vuelve diana la hacen titubear: “es una tarea difícil, no toda la población entiende que somos mensajeros, aunque usemos el brazalete que nos identifica, y a veces nos tildan de acaparadores, pero una sonrisa de mis ancianos vale más que mil palabras.”

Conozca aquí sobre otro joven avileño que se sumó a esta tarea

Esta muchacha, que es profesora en la Universidad de Ciego de Ávila, no pasa muchos minutos sin decir “mis ancianos”. En Gramática, esa frase es un sintagma nominal compuesto por un pronombre posesivo y un sustantivo. Dicho así puede parecer algo frío. Pero en las interpretaciones de la vida, y en las del alma, tal nombramiento basta para imaginar las complicidades que hay entre esos seres. Después de tres meses en los que se ha vuelto un tanto hija, nieta y amiga, tiene toda licencia para sentir “posesión” sobre ese cariño.

“Me río mucho con ellos. Cecilia, por ejemplo, es muy especial. Ella me llama cuando hay algún producto, o simplemente para preguntarme cómo estoy, o que si soñé con los angelitos.

“Hay que seguir en esta tarea aun cuando la Universidad haya comenzado su docencia, no podemos dejar solos a esos ancianos, tenemos que apoyarlos. Esta es una labor muy sensible y yo la cumplo sin miramientos porque me gusta ayudar, porque mis padres me han enseñado a querer a mi país, y sobre todo porque sé lo que es convivir con un anciano y que necesite ayuda.” Concluye, convencida y feliz.

Casi siempre a las cinco de la tarde, Jeidy vuelve a cargar su bicicleta. Sube los seis pisos, ahora con el cansancio del día haciendo mella, y sin los santos que la ayudan a bajar. Pero nuevamente los recuerdos le despejan las muecas. Y la tranquilidad con la que duermen Cecilia, Walter o Gladis sigue siendo su bálsamo mejor para renovar las fuerzas. Jeidy también duerme en paz.

(Escuche en este audio otras declaraciones de Jeidy Hernández Pérez)

2 comentarios sobre “Desobediencias que salvan

  • el 9 junio, 2020 a las 6:08 pm
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    Es una de las jóvenes que realmente estos tiempos y este país necesita, una joven que sabe ser amiga por sobre todas las cosas y mas que eso no teme a ninguna tarea que se le asigne, por eso es que Heidy merece el respeto de toda la comunidad universitaria avileña, y mas que eso de su Facultad de ciencias Sociales y Humanísticas, de la cual formo parte.

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    • el 9 junio, 2020 a las 8:58 pm
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      A muy buena hora ha llegado entonces el reconocimiento. Muchas gracias por leer

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