Salvar vidas: el verdadero sabor de la gloria

Llegan hasta lugares distantes, con culturas e idiomas desconocidos. Muchas veces les ha tocado armar hospitales de campaña para sanar allí los dolores del cuerpo y del alma. Todas sus misiones son un reto a sus capacidades como profesionales y como seres humanos. No se espera menos de este grupo valeroso que lleva por nombre Contingente Internacional de Médicos Especializados en Situaciones de Desastre y Graves Epidemias Henry Reeve.
Desde abril del pasado año múltiples noticias dan fe del anhelo de varias personalidades de ver a la brigada cubana con un premio Nobel de la Paz. Cuando este primero de febrero se cierren las inscripciones para recibir los candidatos que optarán por este reconocimiento, un cúmulo de argumentos y de proposiciones a favor de los médicos cubanos leerán los organizadores del evento en Noruega.
Imagino que sea ésta una de las nominaciones difíciles de rechazar, porque, desde el 2005, la brigada Henry Reeve ha estado donde la humanidad ha precisado de una mano solidaria. Recordemos el terremoto de Paquistán, el acompañamiento al pueblo guatemalteco durante algunas afectaciones climáticas o el enfrentamiento al ébola en África.
La semilla de buena bondad de estos cubanos se esparce con más fuerzas por varios lugares del mundo desde el pasado año. Están en la primera línea de atención a pacientes enfermos de la COVID 19 en 39 países.
Desde Panamá nos llegan las impresiones de Danela Rodríguez, médico intensivista, integrante de la brigada que arrivó a este país sudamericano hace poco más de un mes:
«Es una experiencia única que me ha hecho crecer como persona y como ser humano. Panamá es una mezcla de sentimientos que me ha servido para entregar lo mejor de mi persona, llevando esperanzas a un pueblo y a un personal médico que realmente se nota agotado.
» Puede,o no, constar en metálico el premio Nobel de la Paz para los médicos cubanos. Quizás este año les traiga esa alegría, que no será sin embargo, la que provoque la sonrisa más amplia, pues no hay distinción en el mundo comparable con la dicha de prolongar latidos en tantísimos corazones.
