Sin miedos ni titubeos

Entre Las Tunas y Ciego de Ávila a veces hay 235 kilómetros, y a veces hay menos. Desde hace 9 años siento que esa distancia se estira y se encoge como un acordeón. Nos pasa a todos los tuneros que vivimos en esta central provincia, supongo, y a todo el que ha echado raíces lejos de casa.

Hay días tan nostálgicos, que el acordeón se tensa demasiado, y vemos a la familia y a los recuerdos muy lejanos, casi en otro continente. Pero hay días que tu tierra te queda al doblar de la esquina, y olvidas la carretera sin fin y los campos a ambos lados del camino y los carteles anunciando cada pueblo. Estas son esas fechas, solo que ahora Las Tunas está cerca no solo para los tuneros.

Desde allá vino, el 7 de septiembre, Dreilys Cartaya Santiesteban: especialista de primer grado en Medicina Intensiva y Emergencia. Con esta presentación, no se necesita mucho más para adivinar su misión por estos lares.

Cuando le avisaron del viaje, Dreilys empacó sus conocimientos, su optimismo y su voluntad para que dispusieran de ellos los avileños. «Imagina que me dijeron que debía salir para acá solo con 12 horas de antelación para prepararme, y aún así di mi paso al frente, y aquí estaré hasta que sea necesario».

Solamente venir a «convivir» con el virus que ahora mismo aterroriza al mundo entero, a mí me parece una osadía inmensa. Por eso indagué en su estado de ánimo, en sus temores, pero tamaña lección me dio la doctora cuando me respondió tajante que no tiene miedo, «un poco de tensión sí», me dice, y yo ratifico que hay seres que nacieron para sanar, para salvar.

Me lo confirma, otra vez:

«Decidí ser intensivista sin conocer a fondo la especialidad, pero estaba segura de que quería dedicarme a ayudar a las personas. Cuando casi no quedan esperanzas y le devuelves la vida a un paciente grave, eso te da una satisfacción tan inmensa que no tiene comparación. El momento en que ves en los ojos de tus pacientes o sus familiares ese agradecimiento tan grande, es único».

Las 24 horas que pasa Dreilys en la Unidad de Cuidados Intensivos y Emergencias del Hospital Antonio Luaces Iraola, deben ser de reiteraciones constantes, de repasar una y otras vez las medidas de seguridad y los protocolos de tratamientos. Ya sabemos que las faenas en las salas de terapias suelen ser muy extenuantes, pero no hay quejas, como no debe haber chances para el desliz en esta prueba contrarreloj.

«Intentamos hacer todo lo mejor posible y cumplir con todas las medidas de protección, hasta el momento la dirección del Hospital ha puesto a nuestra disposición los medios necesarios para protegernos».

En esa protección deben pensar insistentemente sus padres y su esposo que la esperan en casa. Si aquí la intensivista vive un aluvión de tensiones, con jornadas agotadoras, allá deben estar atravesando un torbellino de miedos e incertidumbres, aunque en mensajes y llamadas oculten las lágrimas, y sea el orgullo el único aliciente que les permita conciliar el sueño al final del día.

Henchidos deben andar, a pesar de todo. Como andamos tantísimos. ¿Habrá forma de ser recíprocos con los médicos? Me lo he preguntado hoy, luego de sentirme en deuda con Darielys. ¿ Qué puedo hacer por ella, por todos? ¿Aplaudo? ¿ Enciendo una vela?

Al final de nuestra conversación tecleo en el chat: le envío todos mis pensamientos positivos, cuídese, «cuídese mucho usted también» me contesta. No supe si fue una despedida o un ruego, pero obedezco, no hay mejor manera para agradecer.

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