•  Sobre «Alma nueva (Fragmentos)», de Mayda Batista Pérez, en Cuarto creciente. Antología de poesía femenina avileña (Ileana Álvarez, 2007)

Quien conozca a Mayda Batista Pérez (Ciego de Ávila, 1962) por su trabajo en la sala infantil-juvenil de la Biblioteca Provincial Roberto Rivas Fraga, y por sus libros de poesía y narrativa para niños, abrirá la página 89 de esta antología esperando otra cosa. Lo que encuentra es un poema de cuerpo adulto, con deseo y sin pedir permiso. Pero la sorpresa dura poco, porque los fragmentos de «Alma nueva» vuelven sobre la infancia con tanta insistencia que terminan leyéndose como su continuación por otros medios.

El primero abre con una declaración seca: «Soy una muñeca de trapo». Lo que sigue es lo mejor del texto. A la muñeca le cosieron los campos en los ojos, y el relleno es «el alma nueva del algodón», de modo que el título aparece ya en los primeros versos, y pegado a la tierra. Hay vergüenza de niña en la estrofa del pomo y la lluvia del recreo, y un deseo de juego en ese verso final, ir «en sólo un pie por la cañada», que parece sacado de una rayuela rural. Nadie sabe todavía que el poema va a cambiar de temperatura.

El cambio llega en el segundo fragmento, y llega de golpe. La boca del otro estremece más que todas las bocas, y desde ahí la voz toma la iniciativa con verbos que no admiten dudas: hornea, camina, vence. Es la muñeca de antes, pero ya no se deja coser. Me interesa sobre todo «Te camino descalza», que usa un verbo de movimiento como si fuera transitivo y convierte al amante en territorio. Allí la cañada de la infancia reaparece, ahora con un cuerpo que se recorre. La imagen del cántaro sagrado podría haber sido un lugar común, y se salva porque el horno la ensucia de vida doméstica.

Los ojos sostienen el poema por debajo. Primero eran campos cosidos, luego son ojos «hambrientos» de pubis, y al final son ojos de hojarasca reflejados en los del amante. Esa cadena de miradas dice mucho sin explicar nada: la mujer se ve a sí misma a través del deseo del otro, y lo que ve es una hoja seca que todavía tiene hambre. Todo el vocabulario sale del monte y del campo (algodón, raíces, cañada, hoja), y eso da al erotismo un acento cubano que no depende de ninguna palabra marcada.

No todo funciona con la misma fortuna. «Despampanante» me parece un adjetivo gastado para una boca que acaba de estremecer al poema entero, y el golpe coloquial de «raíces de la hostia» corre el riesgo de leerse como brusquedad ajena al tono, aunque quizás es justamente esa brusquedad lo que busca, la rebeldía de una niña que ya no pide perdón. Tampoco ayuda juzgar a ciegas: son fragmentos, y a la distancia de una página es imposible saber qué puentes quedaron fuera.

Queda el tercero, cuatro versos apenas. «Deja que me muestre como una hoja a punto» es la petición más tierna de todo el texto, y llega después de tanta voluntad ejercida, como si la que hornea y camina necesitara, al final, ser mirada. La boca sube mojada, los temblores son «despiadados» y vienen de «aquellos» tiempos, es decir, de la memoria. El poema sigue en varias partes más pero sin cerrarse del todo, y hace bien. La hoja está a punto, la muñeca ya caminó, y el título de la antología, Cuarto creciente, parece hablar de esto, una luz que todavía va a seguir creciendo.

Hace casi 20 años que ediciones Ávila público este libro editado junto a Ileana Álvarez, su compiladora, la genial escritora Carmen Hernández Peña, y es toda una joya de la literatura avileña que debería reeditarse.

Por Vasily MP

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