En estos tiempos, vivir cerca o frente a un Banco, tiene sus ventajas. No es solo por la cercanía, ni porque se hace más fácil la «guardia obrera» de los turnos; tampoco porque tienes que andar ni se sabe qué distancia para hacer un trámite imposible.
No, la ventaja de tener un Banco cerca se encuentra en que casi todas las mañanas tienes una serie de televisión delante de ti y gratis, sin hacer ningún esfuerzo, sin el trabajo de pedirle a una amistad que te la pase al pendrive o descargarla o que el gestor del Paquete te la ponga disponible y con pago por transferencias, mira tú que maravilla.
Si su casa se encuentra en altos, lea bien, las posibilidades de apreciar la serie son mayores. Es como ir al cine y ver el capítulo en 35 milímetros y en ambiente de alta resolución. La panorámica es mayor, los detalles son más visibles y los encuadres son mejores.
El sainete comienza por la madrugada. En algunos casos, viene del día anterior cuando llegas con la fresca, preguntas por el que apunta y los dedos señalan a un hombre o a una señora, que te toma los datos en una libreta escolar con la aclaración de que esto es para empezar a rectificar mañana por la madrugada. ¿Usted oyó bien? Así que toma agua y ponte cómodo, que el viaje es largo.
En otros lugares, los más comunes, la cosa es al strike. Llegas en plena madrugada, preguntas por el último y en medio de las sombras alguien dice: «Yo». Entonces te dan un papelito o un pedazo de cartón arrugado, al que debes revisar con la luz del celular para descubrir unos trazos borrosos. Es tu número. No el definitivo, pero sí el primer paso para ver si llega la lotería.
En ese momento, desde la casa, tal vez no se escuche nada. A lo mejor un murmullo, quizá unas voces altas; porque lo bueno comienza unas horas después. Cuando faltan unos minutos para que abran el Banco y una funcionaria aparezca en su uniforme, con un bulto de cartoncitos o chapillas plásticas. La lotería.
Y ahí sí: ahí sí comienza la serie. Es como tener Netflix sin pagar. Porque a esa hora, apenas aparece la mujer, se oye un «ahí está, ahí está», y el milagro ocurre. Los que andan en bastón, las que se quejaban del reuma, los que decían que la columna no los dejaba en paz salen mandados y meten un tacón, que dejan chiquito a Usain Bolt.
Luego viene el que yo voy aquí y tu número dónde está. El calma compañeros, señores, diputados y más allá. El me caso en diez y un dale para aquí, dale para allá. El que no me empujes y a mí qué. Sin embargo, lo más interesante aparece con una especie de Realismo Mágico que pone a pensar a cualquiera. Uno lo ve, cruza los brazos, se lleva la mano al mentón y piensa: «¿Y esto de dónde salió?».
Porque delante tienes a dos mujeres, que a esa hora se gritan, mientras sus maridos las aguantan, que por su «P…» y sus «C…» (hacen gesto) a ellas sí que no le van a meter el pie. Y uno se pregunta, en medio de los salibazos: «¿Cuándo en Cuba se hizo tanto cambio de sexo?».
Y mientras el duelo de la «P…» y sus «C…» sigue su curso, usted desde el balcón le mete una mordida al pan (si ese día tuvo suerte con el efectivo) y mira lo sabroso que se puso el molote. Porque en el bulto hay de todo. Carteristas, cantantes de ópera (por lo que gritan), incitadores, cepilladores, veladores, los y las que dicen que no se les peguen y con la mirada imploran que lo hagan.
Sin embargo, también hay otros. Unos personajes que no salen en la serie. Son los cotidianos, los anónimos. Los que están dentro del espectáculo porque no les queda más remedio. Son los que están en el forcejeo y no gritan. O gesticulan, porque no tiene más remedio. Los que se encolerizan, porque tienen que hacerlo. Es la mayoría. Los que te miran con ojos cansados, con ojos de gente honesta y piden, en silencio, que algún día esa película termine.
Tomado de Juventud Rebelde