En estos tiempos complejos para Cuba, los que tuvimos que regresar a cocinar con carbón vemos en este artefacto, casi mágico, apenas la salvación. Es el amigo inseparable, sufrible y agradecido de tantos, porque salva vidas. Sin pedir algo a cambio. Como mismo la escritora Brizaida de la Nuez publicó su poema Pájaro de fuego, en su perfil de Facebook, y vi algo más sentido y vivido que cualquier otra cosa. Es un poema que invita a la convivencia, a la reflexión más profunda. Porque ahora, para el cubano como nosotros, de los de a pie, el carbón es como esa taza de café que auna e incita a la comunión.
Pero el poema no se queda en el agradecimiento, y ahí está lo mejor de él. Releyéndolo, noté que la autora le cobra a la brasa lo que mi párrafo de entrada le perdonaba. Yo hablaba del carbón que «no pide nada a cambio»; ella lo muestra pidiéndolo todo, y con cortesía. Su pájaro llega de visita, hace nido, y su mirada advierte que no piensa irse. La primera estrofa tiene esa hospitalidad torcida que conoce cualquiera que haya dejado entrar a alguien indispensable.
El recurso que sostiene el texto es la repetición. «Un pájaro de fuego» abre casi cada movimiento, como un golpe de abanico sobre las brasas, y cada vez el ave ocupa un espacio mayor. Primero acomoda sus huevos sobre la esperanza; después sobre el lecho; al final, sobre la casa y el suelo. La progresión es doméstica y por eso resulta tan eficaz: el daño no entra por la ventana de lo épico, entra por la cama y la cocina. Pocas veces un poema cubano reciente ha medido tan bien el tamaño de una pérdida con los muebles de una sola casa.
Hay también una imagen que me parece la más justa del conjunto: el aire. El pájaro «calienta el aire que respiro» y lo vuelve impenetrable, irresistible, insoportable. Los tres adjetivos riman en su terminación y el oído lo agradece, aunque la gradación termina en el más débil de los tres, y creo que es a propósito. Lo insoportable es justo lo que se soporta cada día. Quien ha cocinado en un patio cerrado, con el humo pegado a la garganta, sabe de qué habla. Y el oxígeno limpio «con que tejía el mañana» cambia el tono del poema: ya no se queman objetos, se quema la posibilidad de planear algo.

Las fotos que acompañan el poema, tomadas por la propia autora, o quizás por su hija mayor, dan la medida de esa doble condición. En la primera, los trozos de carbón se abren en naranja y amarillo dentro de la base oscura del fogón, y hasta lo que fue leña muestra su veta blanca por dentro. Es una imagen casi amable. La segunda es otra cosa: una brasa mínima, recortada en forma de V sobre un fondo sin luz, que si uno no se esfuerza parece un ave de alas abiertas o un pico entreabierto. Esa foto es el poema entero. Una sola lumbre en medio del apagón, que da claridad y amenaza con la misma forma.
Debo decir que no todo el texto sostiene el pulso con igual firmeza. La fórmula «acomodó sus huevos» aparece tres veces, y la tercera ya no suma, repite. El orden de las puertas es confuso: el pájaro «abrió mi puerta» dos veces y después, en el cierre, «tocó mi puerta», como si el visitante volviera a empezar cuando ya estaba dentro. Puede leerse como círculo, como una escena que se repite cada noche, pero tal como está se siente más un descuido de montaje que una decisión. Y el verso «ahuecó los cimientos» promete una ruina más específica de lo que el poema llega a mostrar. Son reparos menores, de los que se le hacen a un texto porque vale la pena.
El final, «me empujó al infierno», es el verso más discutible y también el más honesto. Discutible porque el infierno es la palabra más a mano para hablar de fuego, y la autora, que había trabajado con imágenes tan cercanas, esta vez toma el camino ancho. Honesto porque cierra con la voz de alguien a quien se le acabó la metáfora, sin consuelo ni giro que alivie. Prefiero pensar que esa caída de registro es intencional: el poema se queda sin palabras bonitas justo cuando la casa se quedó sin aire.
Vuelvo, entonces, a mi primer párrafo. Sigo pensando que el carbón nos salva, y lo pienso cada mañana frente al fogón. Pero después de este poema no puedo decirlo sin añadir el precio. Pájaro de fuego es la otra mitad de esa taza de café compartida: la que nadie menciona mientras se bebe, y que Brizaida de la Nuez tuvo el valor de escribir.
Pájaro de fuego
Un pájaro de fuego visita mi casa.
Ha hecho nido en mi hogar.
Su mirada me advierte,
no nos quiere abandonar.
Un pájaro de fuego ha acomodado sus huevos sobre la esperanza.
Su calor ha chamuscado mis manos y mis plantas, y casi todos los sueños que guardaba.
Un pájaro de fuego calienta el aire que respiro.
Lo vuelve impenetrable.
Irresistible.
Insoportable.
Un pájaro de fuego llegó un día a mi casa.
Abrió mi puerta y se acomodó sobre el lecho suave.
Abrió mi puerta y me despojó del oxígeno limpio con que tejía el mañana.
Un pájaro de fuego acomodó sus huevos sobre mi lecho, sobre mi casa, sobre mi suelo.
Quemó la yerba, los árboles, las raices.
Y ahuecó los cimientos.
Un pájaro de fuego tocó mi puerta.
Y me empujó al infierno.