- A propósito del aniversario 26 de la red HSH en Cuba, el doctor Luis Estruch Rancaño reflexiona sobre la transición demográfica, la mortalidad prematura, la autorresponsabilidad y el peso insustituible del bloqueo en la salud pública cubana
Hay cifras que, dichas con la calma de quien las ha vivido durante medio siglo, pesan más que cualquier discurso. Cincuenta y dos años lleva el doctor Luis Estruch Rancaño, profesor de mérito y doctor en ciencias de la Escuela Latinoamericana de Medicina, vinculado a los programas de enfermedades de transmisión sexual en Cuba.
Y el pasado jueves, cuando la red HSH cumplió 26 años de existencia, sus palabras tuvieron el tono de quien mira hacia atrás para entender mejor lo que viene.
Cuba, decía el doctor, está llamada a ser en breve una población básicamamente de niños y de viejos. La transición demográfica lo cambia todo: cambian los grupos etarios, cambian los riesgos, cambian las agresiones. Ahí entran las enfermedades venéreas, el VIH-Sida, las hepatitis, la tuberculosis. Porque siempre habrá virus y bacterias, insistió, y citó el COVID-19, el chikungunya, el ébola, como recordatorios de que la humanidad sigue acechada.
Le preocupa, sobre todo, la mortalidad prematura: esas personas de 30, 40, 50 años que no llegan a los 70 u 80, que pierden la mitad de una vida posible. Muchas veces por accidentes, dijo, pero una parte considerable por autosuicidio, y otra por no cuidarse: el joven que muere de cirrosis por el alcoholismo, el que muere de cáncer de pulmón por el tabaquismo. Ahí, sostuvo, todo tiene margen de prevención, aunque haga falta un enfoque sanitario renovado.
De la autorresponsabilidad habló con especial énfasis. Es, para él, el mayor papel en el cuidado de la salud, pero exige antes alfabetizar a la población: que los mensajes de radio, televisión y escuela lleven un enfoque distinto, que la gente sepa que cuidarse no cuesta dinero, que es lo más barato que existe. Fue duro con quienes no lo practican: como el padre o la madre que fuman y con el humo del cigarro afectan la vida de su hijo pequeño.
Sobre el bloqueo no hubo medias tintas. Lo definió como una política genocida, más dañina en su etapa reciente —bajo la administración de Donald Trump— que en sus primeras seis décadas de imposición. Habló del combustible cubano de alto azufre que las termoeléctricas no fueron diseñadas para procesar, de la imposibilidad de que turistas estadounidenses lleguen a Cuba, y de cómo todo eso termina por asfixiar los recursos que el país necesita para sostener su salud pública.

Y para cerrar, la palabra que la fecha imponía: el voluntariado. Habló de sus propios inicios en los años 70, cuando la prevención en salud dependía de secretarios voluntarios en los CDR, la FMC, la CTC. Hoy, dijo, ese voluntariado —el que sostiene redes como la HSH— es de altísima calificación: enfermeros, psicólogos, ingenieros, médicos, personas con más de 12 grado de escolaridad, que llegan a hablar de sexo donde ni el propio médico logra hacerlo. Un voluntariado de oro, insistió, al que solo falta guiar, proteger y dotar de herramientas.
Tomado de Invasor