El patio de Artex se llenó de humor cubano, ese que sale del alma de quien ama su profesión, solo cuando el corazón lo dicta. Ellos, los Fonoaritméticos, dicen adiós al espectáculo después de 31 años.

Tres décadas de subir a un escenario como quien llega a la casa de un amigo. Sin trampa, sin grosería barata. Con eso tan difícil que llaman respeto: reírse de todo, sí, pero sin herir a nadie. Eso los hizo grandes. Eso los hizo únicos.

Sobre el tablado, los cuerpos ya no son los mismos. Las arrugas cuentan otras rutinas; las canas asoman como testigos fieles. Pero cuando empiezan a actuar, cuando sueltan la primera ocurrencia, el tiempo se desmorona y vuelven a ser aquellos muchachos que un día soñaron con hacer reír al pueblo avileño.

—¿Qué? ¿Qué? ¿Qué? —preguntaban ellos con esa muletilla que el público llevaba años esperando. Y el público respondía como siempre: a carcajadas. Pero entre risa y risa, se colaba un nudo en la garganta.

Porque eso que se despedía no era solo un show, era una complicidad de 31 años. Era el hermano que reía junto al hermano, el vecino que se volvía pareja de butaca en butaca, el padre que llevó al hijo y el hijo que, ahora adulto, aplaudía de pie.

Cuando sonó el último chiste, el patio entero se puso de pie. Hubo abrazos, algunas lágrimas secadas al vuelo y un silencio breve, el que antecede a los grandes finales, justo antes de que alguien gritara:

—¡Hasta siempre, Fonoaritméticos!

Y ellos, ahí, en el centro del escenario, todavía sonriendo, todavía enteros, se llevaron una mano al pecho y respondieron como solo los que han hecho las cosas bien saben hacer: con una reverencia. Sin una sola palabra de más.

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